El amor en tensión: nudos y crisis en ‘Romeo y Julieta’


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De Guerra y de Amor – Capítulo XXXII


XXXII
Italia, pocos meses antes.

Eran ya demasiados los meses que había pasado lejos de mi casa. Extrañaba a mi Carmen y no podía perdonarme el no haber pasado a su lado el embarazo. Cuando los días se hacían interminables, pensaba en Pilar, y en el nuevo hijo que me esperaría en casa al regresar. Ya estaría por nacer y yo no sabría si era niña o niño ni su nombre hasta que regresara a España. Pero… ¿qué podía hacer?, necesitábamos el dinero y este era el trabajo que mi suegro y yo habíamos logrado conseguir.
A menudo me preguntaba cómo se sentía el padre de mi mujer. Si yo estaba ya agotado, no podía imaginarme qué pensaría él antes de dormir. Era un hombre reservado y con una resignación mucho mayor a la mía, pero así y todo ya estaba mayor y esto no debía ser fácil de soportar a su edad.
Mientras trabajábamos la mente se mantenía ocupada y todo parecía más sencillo pero en los descansos y a la hora de la cena no podía hacer otra cosa más que preguntarme cómo estaría mi familia y pensar qué estaría haciendo yo de estar a su lado.
Muchas veces, mientras cenábamos, notaba que sólo algunos mantenían viva conversación. Levantaba la cabeza, los observaba y descubría que eran los más jóvenes, aquellos a los que la mar había exhortado a aquel trabajo. Mientras ellos hablaban, bromeaban y reían; muchos otros, los más grandes, los padres de familia y algunos jóvenes cuyas novias o mujeres esperaban en su hogar, se mantenían en silencio.

* * *

Cuando los funcionarios italianos descendieron a controlar el cargamento a la bodega, en el cuarto de calderas había unos cuantos borrachos (como en otras salas del navío), y otros tanto hablando de la II República española. Y al revisar nuestro equipaje, solo unos pocos lograron escapar de la prisión, aquellos a los que sus madres o esposas habían obligado a llevar un rosario o la medallita de su santo. Quienes éramos republicanos de mente y alma no llevábamos nada de aquello, y así terminamos.

El Negrito de Magallanes


El Negrito de Magallanes

– ¡Abuelo, Abuelo!

– ¿Qué pasa, pequeñines?

– ¡Contános esa historia otra vez!

– ¿Cuál historia, les he contado muchas…?

– ¡Esa que empieza triste!- Al decir esto, los pequeños pingüinos de Magallanes ya sabían que el abuelo sabía de cuál hablaban. Y que empezaría a decir, con tono grave y voz de locutor: “Prepárense para oír el relato de un sobreviviente al derrame de petróleo del 2007.

Yo era poco más que un pichón, porque recuerdo bien que aún llevaba mi trajecito de plumas grises y suaves[1]. Estaba jugando en la costa con mis hermanos. Ese día era el turno de mamá de ir a buscar alimento, mientras papá nos cuidaba y jugaba con nosotros y los otros pichoncitos. Era un día como cualquier otro.

Pedro, el albatros, vino como siempre a traer las noticias, pero a medida que se acercaba pudimos ver que algo no andaba bien.

– ¿Qué pasó, viejito?- le preguntó papá, dándole una palmadita amistosa en el hombro, como solía hacer.

– Hay un derrame de petróleo.

– ¿Quién te dijo eso?, yo no veo un derrame de petróleo… ¿ustedes ven un derrame de petróleo, chicos?- nos preguntó, burlándose de Pedro, que tenía fama de exagerado. Mis hermanos y yo miramos a todos lados, pero nadie sabía que era el petróleo, ni qué era un derrame.

– Es lo que dicen… y no quiero saber si es verdad, ya estoy viejo y no puedo volar mucho para buscar alimento, ¡qué voy a hacer si es verdad!- recuerdo que decía angustiado el pobre Pedro.

– ¡No te preocupes, juntos saldremos de esta!- dijo papá.

Poco después, Pedro voló a su nido para almorzar con su mujer y papá nos explicó que un derrame de petróleo es cuando los hombres tienen accidentes al producir o transportar eso que llaman “petróleo”, que se desparrama en el agua y se nos pega a las plumitas, haciendo que dejen de ser impermeables, por lo que tenemos que quedarnos en tierra sin alimento, porque no podemos nadar así en el agua fría.

Esa explicación sonaba bastante triste, aunque ni mis hermanos ni yo podíamos imaginarnos como se sentía una cosa así.

El tiempo pasaba y mamá no volvía con nuestro almuerzo.

– ¿Qué habrá pasado?- No dejaba de preguntarse papá, que ya estaba preocupado. Después de mucho pensar, decidió pedirnos que permaneciéramos quietos donde estábamos mientras él buscaba a mamá. Subió a una roca, habló con Pedro, con Chicha la loba marina y algunos amigos más, pero nadie había visto a mi mamita en mucho tiempo.

De un momento a otro, mientras yo estaba jugando a “la mancha” con los chicos, escuché a papá gritar “¡NOOO!”, al tiempo que salía corriendo en dirección al mar. Yo no entendía qué sucedía, y uno de mis hermanos me explicó que debía estar por venir una tormenta, porque el océano estaba comenzando a teñirse de negro. Pero esa explicación me parecía muy inocente, porque el cielo estaba completamente despejado. Sin contradecir a mi hermano, miré hacia dónde corría papá, y descubrí que mi mami estaba atascada en una sustancia negra y pegajosa que no le permitía moverse. “Tu papá va a rescatarla”, repetía mi primito, Juanchi para calmarme, pero no pasó mucho hasta que mi papá empezó a atascarse también. Entonces entendí que no podía dejar pasar más tiempo: ya había observado bastante, era mi turno de luchar contra la “marea negra”, como le decía Pedro.

No lo dudé más y pedí a nuestra vecina que cuidara de mis hermanos mientras yo ideaba un plan. Con mucho esfuerzo, logré arrancar dos hojas de un arbusto pequeño que crecía entre las rocas, y con cuidado até cada una a mis patitas. Comencé a nadar tanto como pude mar adentro, pero era muy difícil porque yo era muy chiquito todavía y me faltaban muchas lecciones. Sin embargo no tardé en llegar a donde estaban mamá y papá. Al ver que estaba empezando a mancharme de negro, mamá comenzó a llorar, pero yo le expliqué que todavía podía moverme por las hojitas que tenía en las patas. Sin que me diera cuenta, el petróleo le ganó a mi improvisado escudo y pronto mis patitas también estuvieron llenas de petróleo y ya no podía moverme. Al principio, me había abrazado de mis papás y entre los tres habíamos avanzado bastante, pero ahora cualquier esfuerzo era totalmente inútil.

Si llegábamos a la orilla, no podríamos volver al agua para buscar comida, porque nuestros cuerpos estaban totalmente bañados de aquel líquido. Me entristecía pensar que nadie alimentaría a mis hermanitos, ni a mis amiguitos. Igual que nosotros, muchísimos de nuestros parientes, vecinos y amigos se veían atascados en medio de aquella mancha gigante que haría que nuestra gran colonia se hiciera una muy pequeñita.

Mamá ya había dejado de llorar, y papá cantaba para alegrar a los que demás que estaban cerca de nosotros. Yo no quería ver nada de todo eso, porque todo era triste: había mamás pingüinitas llorando por sus hijos atascados con nosotros, abuelas llorando por sus hijos y nietos y papás pensando en sus hijos, como los míos; y por eso estaba con mis ojitos cerrados abrazado a mamá. Rápidamente me quedé dormido y desperté sobresaltado: unos ojos dulces y tiernos me miraban y sonreían.

– ¿Va a salvarse, papi?- dijo un niño.

– ¡Claro que sí!- contestó. Y empezó a explicar cómo iban a limpiarme las plumitas y las cosas ricas que iban a darme de comer. Lo primero que recordé fue a mi mamá, mi papá y mis hermanitos. Aunque no podía hablar el mismo idioma que las personas, el niño miró mis ojos, comprendió lo que quería decirle y me llevó con mis papás, que ya estaban alimentándose y completamente limpios. Así pasamos algunos días entre los humanos, mis papás, yo y varios pingüinos más de la colonia que tuvieron la suerte de ser rescatados como nosotros. En ese tiempo llegué a hacerme muy amigo del niño que me despertó: me daba amor, jugábamos juntos y revisaba que mis plumas estuvieran completamente limpias.

Una semana más tarde, el niño me dijo “vas a regresar a tu colonia, mis papás y sus amigos la dejaron limpia y rescataron a muchos de tus amigos, no pudieron salvarlos a todos, pero no tenés que estar triste por ellos tenés que alegrarte por todos los que van a contarle esta historia a sus nietitos”, y es el día de hoy que aún recuerdo con cariño su dulce voz y sus suaves manitos al acariciarme la cabecita.”

– ¡Es una historia muy triste, abuelito!

– Pero tiene un final feliz, cariño…

Para saber un poquito más:

Sobre derrames de petróleo: http://www.blogecologista.com/2010/05/19/que-es-un-derrame-de-petroleo/

Sobre pingüinos de Argentina: http://www.patagonia-argentina.com/costumbres-pinguinos


[1] Los pichones nacen cubiertos por una capa de plumas muy suave, de color gris, que cambian luego en febrero. Adquieren su plumaje definitivo recién un año después.

Fuente: http://www.patagonia-argentina.com/costumbres-pinguinos

De Guerra y de Amor – Capítulo XXXI


XXXI

Todo se mantuvo como estaba: mamá seguía yendo cada vez más horas al campo junto con la abuela y yo me quedaba en casa con Rocío. Hacía las tareas domésticas y los recados en el pueblo y, al tener a mi pequeña hermana conmigo, los días eran más divertidos.
Con el correr del tiempo, el rostro de la abuela comenzó a mostrar preocupación, porque aún no sabíamos nada de los hombres de la casa y los ahorros ya eran pocos.
Los ojos de mamá dejaban ver tristeza y melancolía, probablemente al recordar que su marido no conocía a su pequeña hija aún.
Como siempre, yo trataba de menguar el dolor contando las tonterías simples del quehacer del día a día y Rocío jugaba un gran papel en aquella tarea, al igual que Juan y su madre, que continuaban visitándonos a menudo.
Así, pasamos otros dos meses sin tener noticias ni de Fernando Esquivel, ni de mi padre y mi abuelo hasta que, un día como cualquier otro, mi madre y mi abuela recibieron cada una, una extraña carta desde Italia. Pocos días más tarde yo recibí una misiva a nombre del señor Esquivel, que explicaba el contenido de las dos anteriores.
En resumen, la conclusión de las tres cartas era que la gran mayoría de los tripulantes del barco donde trabajaban mi padre y mi abuelo, ellos incluidos, estaban presos en Italia. Sin dar mucha más información ni detalles.
– ¡Deben haberlos oídos blasfemar!- decía la abuela.
– ¡Debían ser todos republicanos en aquel barco!-  dijo madre.

Un regalo para papá


– ¡Vamos Lu!, vestite que vamos a comprarle el regalo a papá.
– ¡Ya estoy listo!, pero esperá que agarro la plata… – dijo el pequeño Luciano mientras rompía su chanchito: había estado ahorrando durante varios meses para comprar un gran regalo para el día del padre. Lleno de esperanza, se decía a sí mismo “Quizá sobre un poquito y pueda ahorrarlo para el día de la madre”. Al principio no sabía qué comprar. La primera idea fue una camisa, pero eso seguro se lo iba a regalar mamá. “Un auto, ese es un buen obsequio”, pensaba contento mientras se imaginaba distintos modelos y colores.
– ¿Qué querés comprarle?- preguntó mamá.
– ¡Un auto rojo, de esos que no tienen techo y tienen un caballito adelante!, ¿le gustará?…
– ¡Claro que le gustaría, Lu!… pero no creo que tengas el dinero suficiente.
– ¡Pero ahorré por muchos meses, mami!, ¿contamos?
Luciano y mamá se sentaron a la mesa y comenzaron a contar los ahorros cuidadosamente guardados en el interior del cerdito de cerámica durante meses. Era el vuelto de las golosinas, las moneditas que encontraba en el colectivo y algunos billetitos que le habían regalado los abuelos. Pero… no era suficiente para el regalote que quería hacer este nene.
– Hay muchas otras cosas que podés comprarle… Llevemos tu dinero y buscamos algo especial para él, ¿querés?
– Bueno mami, ¿vas a ayudarme?
– ¡Claro que sí, mi amor!- dijo mamá. Y juntos se dirigieron a la parada del colectivo. Lu buscó hasta cansarse por los rincones del colectivo algo que pudiera incrementar su pequeña fortuna, incluso llegó a decir “Señora, ¿no me da una monedita?”, a una viejita que pasaba por la calle mientras mamá cerraba la puerta con llave. Pero, por muchos esfuerzos que hizo, no llegó a juntar todo lo que le faltaba.
Llegaron al centro y mamá compró un gran saco de lana. Caminaron por todos lados: buscaron en negocios de ropa, de herramientas para arreglar cosas -de esas que tanto le gusta usar a papá-, en jugueterías… pero nada parecía ser suficientemente especial para papá.
. ¿No alcanza para una moto de agua?- preguntó empecinado, y se llevó una gran desilusión al descubrir que sería igualmente imposible.
Se hizo la hora de volver a casa y Luciano no había conseguido nada. Pensó en comprarle chocolate y caramelos, pero después se dio cuenta que eso hubiera sido un buen regalo para él mismo, más que para su papá. Al día siguiente despertó con una idea espectacular: una pelota de fútbol para jugar los domingos en la placita del barrio cuando sacaran a pasear a su perro Pulguitas.
Mamá lo llevó al centro otra vez y compraron una pelota nueva muy buena… pero tuvo una historia muy particular. Estaban haciendo su camino de regreso a casa y a Lu se le desabrocharon los cordones, se detuvo un momento y apoyó la pelota nueva a su lado en el piso, con tan mala suerte que pasó un chico corriendo y se la robó.
– ¡Mamá ese chico se robó mi pelota!- gritó Luciano mientras sus ojitos se llenaban de lágrimas. Mamá trató de salir corriendo, pero era el chico era muy rápido y no tardó en perderse entre la gente.
Así, el día del padre llegó: la abuela trajo una bufanda tejida por ella, mamá el gran saco de lana, pero Lu no tenía nada más que un dibujito hecho por él para darle a su papá.
– Papi: quise comprarte un auto grande, pero no me alcanzó el dinero… después te compré una pelota de fútbol para jugar juntos, pero me la robaron… así que te hice esto: es un dibujito de nosotros corriendo con Pulguitas y comiendo un bizcochuelo con mamá, ¿te gusta?
– ¡Cómo no iba a gustarme, Lu! Esto es mucho más especial, pensalo bien: si me regalabas un auto, otros señores iban a manejar el mismo auto; si me regalabas una pelota de fútbol, otros papás iban a tener otras iguales… ¡pero nadie tiene un dibujo como este de mi familia!- dijo papá mientas le daba un gran abrazo que lo levantó por los aires.

De Guerra y de Amor – Capítulo XXX


XXX

Prácticamente ya me había olvidado de la carta que había enviado a Fernando Esquivel cuando llegó su respuesta. Era todo lo contrario a lo que esperaba recibir y, además, me dejaba en una posición incómoda con respecto a mi madre y mi abuela. La carta decía que no había logrado dar con el paradero del barco, pero que continuaría la búsqueda. No sabía qué hacer, ni qué decir en mi casa. Luego de pensarlo, decidí reunir a mi madre y mi abuela y contárselos todo. – ¿Qué sucede, niña?, tengo que darle la toma a Rocío.- dijo mamá. – Madre, escúcheme, hay algo que deben saber… – Anda, Pilar, ¡qué no tenemos todo el día! – Disculpen, pero no es fácil… ¿Recuerdan que padre dejó la dirección de alguien a quien escribir en caso de urgencia?, a sus espaldas yo le he escrito, pidiéndole que los localizara… – ¿Cómo has hecho algo así sin decírnoslo, niña?- dijo la abuela. – ¿Te ha respondido?, ¿qué sabes de ellos?- fue la respuesta de mamá. – Verán, dice que aún no ha podido encontrarlos, pero que continuará buscando y me escribirá en cuanto tenga noticias. También dijo que si necesitamos algo para Rocío, él no tendrá reparos en prestarnos dinero hasta que regresen papá y el abuelo. – ¡Qué buen hombre!- dijo madre. – ¿Cómo?, ¿pedirle dinero?… sería lo último que haría en la vida.- Protestó la abuela. Contesté una o dos preguntas más y luego me marché, para dejarlas solas charlando y poniéndose de acuerdo sobre el curso que tomarían las cosas de ahora en más. La decisión final fue que el único camino que nos quedaba, por ahora, era seguir esperando noticias de este hombre o que papá y el abuelo aparecieran de buenas a primeras una mañana en el portal de casa.

De Guerra y de Amor – Capítulo XXIX


XXIX

Con madre prestándole atención a Rocío tiempo completo, la abuela recomenzó a ir sola todos los días al campo, y yo me dediqué nuevamente a los quehaceres: planchar, coser, preparar la comida.
A medida que pasaba el tiempo empezó a hacer las cosas de la casa conmigo, como solía hacerlo y, cuando las tomas de la niña comenzaron a ser más espaciadas, mamá comenzó a ir un par de horas a ayudar a la abuela.
En esos ratos yo me quedaba con Rocío y le cantaba, jugaba con ella y, cuando veía que comenzaba a ponerse fastidiosa, la hacía dormir.
Así pasamos varios meses: madre trabajaba cada vez más, como solía hacer antes del embarazo y, aunque la abuela se opusiera, Rocío comenzó a tomar biberón, así crecería más rápidamente -porque la leche de mamá no era muy buena según el doctor- y además ella podía pasar más horas en el campo.
El incremento de trabajo en el campo vio sus frutos ya que no tardaron en regresar con bolsas repletas de vegetales y frutas como en otros tiempos. El gran problema ahora era la falta de dinero porque había cosas necesarias que nosotras no obteníamos del campo.
Sin que yo pudiera hacer nada al respecto, mamá y la abuela recomenzaron la dieta del té con leche y tostadas. Esta vez me preocupaba porque ahora la abuela era mayor y mamá había adelgazado mucho las primeras semanas luego del parto.

Colectivo


COLECTIVO

Iba yo subiendo al colectivo 542, camino a la estación de Lomas de Zamora, donde me encontraría con una amiga que hacía varias semanas no veía.

Luego de sacar el boleto levanté la mirada, escudriñando a un lado y otro del pasillo central, en busca de un asiento libre, pero fue inútil: absolutamente todos estaban ocupados. En el primero había una mujer embarazada, con las mejillas coloradas y las piernas tensas. Estaba sentada justo del lado donde daba de lleno el sol de diciembre y su frente comenzaba a sudar. Desde el asiento de atrás un hombre le alcanzó una botella de agua fresca y puso la mano en su hombro, “Relájate, pronto llegaremos a casa”, le dijo en voz baja.

Pocos asientos más allá había tres niños jugando al “Veo- veo”, y así comenzaban:

– Veo, veo…

– ¿Qué ves?

– Una cosa…

– ¿Qué cosa?

– Maravillosa…

– ¿De qué color?

– De color… rosa

– Ah, ¡ya sé! ¡El vestido de la gorda! -Gritó el tercer niño, haciendo pasar vergüenza a su madre, que desde ese momento posó su mirada en el piso y no volvió a levantarla.

La “gorda de vestido rosa” puso mirada fastidiosa en un comienzo, pero luego no pudo evitar sentir cierta simpatía por los tres mocosos que acababan de insultarla y antes de bajar les extendió una mano llena de caramelos y, mientras los chicos estaban distraídos con las golosinas, les dejó bajo el asiento una bolsa que hasta ese momento había llevado consigo. Disimuladamente se marchó hacia la puerta intermedia del transporte y finalmente tocó timbre y bajó, sin que nadie notara lo que acababa de hacer. Ni siquiera la madre de los pequeños, que aún miraba el piso por la vergüenza que había pasado pocos minutos antes.

Más atrás una chica volvía de su primer día de trabajo y, orgullosa de sí misma, miraba feliz el atardecer, pensando en qué gastaría la pequeña suma de dinero que recién había ganado. Sin siquiera sentir que una mujer, elegantemente vestida y con un saco de piel falsa en los brazos, ya le había abierto la cartera y tenía posesión de su billetera con todo el dinero y sus documentos también. Mientras ella seguía en su propio mundo, la mujer hizo una seña al colectivero, que paró allí mismo -a mitad de cuadra y sin ser parada- y bajó apresuradamente. Pero nadie tuvo tiempo de darse cuenta, ya que uno de los chicos de los asientos delanteros comenzó a gritar “¡UNA BOLSA, UNA BOLSA!”, mientras otro la abría, y el tercero espiaba en su interior “¡un perrito…”, exclamaron los tres al mismo tiempo y el colectivero dio vuelta la cabeza como si eso fuera sinónimo a una amenaza de bomba. “… de peluche!” agregaron los tres, sacando un gran perro de largos pelos sintético, de a bolsa que había dejado la mujer.

Con todo aquello, la nerviosa embarazada se encontraba distraída y ahora lucía una dulce sonrisa y sus piernas estaban relajadas, mientras sus manos reposaban tranquilas sobre su panza.

A toda aquella situación sólo unas pocas personas permanecían ajenas: por un lado una joven pareja que intercambiaba miradas. Ambos se encontraban completamente embelesados con los ojos de su compañero. Entonces me dieron a mí también ganas de reflejarme en los ojos de mi novio, pero por desgracia tendría que conformarme con una llamada telefónica a la noche, ya que se encontraba lejos durante la semana.

La otra persona que permanecía aún enajenada y encerrada en su propio mundo era una pobre ancianita que, sentada en un rincón y con ojos llorosos, leía una y otra vez una carta, cuyo encabezado decía “Último aviso previo a remate”.

Mientras yo veía todo aquello, un vendedor de golosinas se hacía espacio entre la gente a fuerza de empujones, para llegar antes que nadie a la puerta. Entonces noté que el colectivo acababa de doblar en la esquina de Gorriti y República Árabe- Siria, y ya era hora de que todos bajáramos.

De Guerra y Amor – Capítulo XXVIII


XXVIII

Unos días más tarde mi madre ya no tenía fiebre pero aún se encontraba demasiado decaída. Tanto que incluyo yo, que en un principio lo consideraba normal, había comenzado a alarmarme.
Con la abuela nos reunimos en la cocina y decidimos ir a buscar al doctor Heredia. No fue una idea grata para mamá pero ella misma reconocía que no se encontraba tan bien como cuando había nacido yo.
Cambié de vestido y fui a buscar al doctor: que resultó que había ido a ver a otro paciente pero su mujer prometió enviarlo a casa en cuanto regresase.
Hice el camino de regreso a casa y no nos quedó más que esperar a que el doctor llamara a la puerta.
Mientras tanto, como mi madre se sentía débil, mi abuela y yo nos encargábamos de la pequeña Rocío: bañarla, cambiarle la ropa, los pañales… las únicas tareas específicamente asignadas eran la de amamantar a la niña, obviamente a cargo de mi madre y el lavado de los pañales sucios, que le tocaba a la abuela.
Luego de la cena, el doctor Heredia finalmente llegó y pasó directo a ver a mi madre.
Estuvo un rato examinándola y concluyó que, por el momento, no tenía nada pero que sería recomendable darle un novedoso antibiótico que podría evitar infecciones posteriores al parto. Revisé los ahorros y teníamos suficiente, pero no sobraría mucho para futuras emergencias. Sin poner reparos en el dinero, compramos aquel antibiótico y, no sé si fue por eso o por qué, pero poco a poco mi madre comenzó a sentirse más animada y en unos pocos días más ya estaba completamente reestablecida.