¡Primer libro en camino!


Oficialmente, “Las primeras aventuras de Lautaro”, un libro compuesto por diez cuentos infantiles, llenos de juegos y alegría, ya está en pleno proceso de edición y dentro de poquito estará disponible en las librerías.

Seguiremos informando …

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Como nunca antes


Simplemente quería hablarte. Decirte lo mismo de siempre, aunque tú me escuches como si fueran cosas nuevas. Contarte todo lo que espero hacer mañana, y las mil cosas que no hice a tiempo a hacer hoy, ni ayer ni probablemente en dos días. Pero no importa, tú permaneces inmutado y desde tu lugar haces que me sienta comprendida e incluso custodiada, por sutiles palabras y tus suaves consejos.
Simplemente quería hablarte. Oírte, oírme narrándotelo todo, para combatir con el cruel silencio que hiere mis oídos por las noches, para luchar con la terrible soledad que inunda mis días.
Simplemente quería hablarte, pero ya que no estás aquí tendré que llenar el vacío con las cosas que sé que me dirías. Y entonces el silencio se llena de música, las tinieblas de lunas y el frío de la noche se convierte en tibieza de amanecer.
Simplemente quería hablarte, para aplacar esa sensación de extrañeza que dejan en mi alma todos los demás. Ellos no saben cómo siento, ellos no conocen mi interior… y de conocerlo no lo entenderían. Por eso quería hablarte. Quería hablar contigo, aunque la mitad de las veces solo sea un monólogo en el que creo verte asentir con la cabeza mientras muero y resucito en palabras.
Simplemente quería hablarte, pero hoy no tenías palabras ni oídos para mí. Trajiste tus brazos, los extendiste en mí y con sólo mirarme llenaste mi alma como nunca antes.

Un solo camino


 
Leer, escribir… subrayar, tachar y volver a escribir. Con la mente fija en un objetivo, o dos… quizás tres. Llegar al final de la hoja, volver a la cama relativamente temprano, al menos lo suficiente como para cruzar unas palabras con él, sintetizar el día, darse un beso, un abrazo y dormirse esperando juntos el nuevo día.

Nada había cambiado desde aquel momento en que sus miradas se habían cruzado por primera vez, eso pensaba ella antes de dormirse. “Seguimos disfrutando las mismas cosas sencillas: un domingo en el parque, una carta bajo la almohada esperando ser encontrada.”

A pocos centímetros, él se perdía pensando: “¡cómo han cambiado las cosas desde que la conocí!”. Recordó entonces los nuevos sueños, las nuevas metas que juntos iban forjando. Todos los infortunios, llantos y amarguras en las que sólo su amor les permitió seguir adelante. Todas las alegrías, los momentos de goce en que una lágrima no podía evitar rodar mejilla abajo, al creer impropia tanta dicha en una sola alma, ¿o dos?… una sola. ¡Sí!, una sola alma, un solo camino. Quizás desde que se conocieron, tal vez desde que nacieron, o antes aún porque, ¿dónde se hubieran encontrado si la bisabuela de ella jamás hubiera emigrado?, ¿quién hubiera sido él si su abuela, en vez de casarse con aquel pobre carpintero de buen corazón, hubiera aceptado al abogado que le coqueteaba luego del trabajo, camino al conventillo de La Boca?, ¿cuándo se hubieran conocido, si ella hubiera nacido diez años antes?

Lo que ninguno de los dos tenía en cuenta era todo aquello que se hacía posible desde su unión. Como ellos mismos iban armando el rompecabezas del mañana, que será el ayer en el futuro de otros.

Mientras ella dormía pensando en un posible desenlace para la novela que tenía que entregar en menos de un mes, no sabía que un día su nieta soñaría con escribir y sería una autora reconocida, con la fama que su abuela siempre había soñado pero nunca había conseguido y, de cierto modo, compartía ahora con ella.

¿Cómo iba a saber él, que nunca había sido seguidor de los deportes, que desde que su hijo mayor decidiera estudiar periodismo deportivo no iba a perderse un solo partido?

Para ellos tener un hijo y una nieta era solo un sueño desde que perdieron ese embarazo un año atrás, ¿quién hubiera dicho que en ese momento ya eran más de dos durmiendo en aquella cama?

Segundos Cúlmines


 

Creyó notar que el momento se acercaba. Se incorporó repentinamente, casi sin pensar que todos sus miedos, todos sus deseos, las alegrías, las lágrimas, los recuerdos e incluso el futuro, se aproximaba a ella de una forma vertiginosa, como pocas veces en la vida.

Dio un par de pasos, temblorosos. Tan temblorosos que prefirió detenerse y mirarse un instante en el gran espejo que había frente a ella.

¿Qué haría en los próximos segundos?, tenía que meditarlo bien, de eso dependía el resto de su vida. ¡No sólo su vida, otras personas también se verían implicadas!, ¿a cuántos lastimaría si se equivocaba?, ¿con cuántas vidas acabaría si descubría demasiado tarde que había tomado una decisión equivocada?

Continuó observando su figura en el espejo. ¿Realmente lo que veía reflejaba su interior?, sentía que no se conocía lo suficiente como para responderlo.

Definitivamente no quedaba más tiempo para volver a pensarlo. De todos modos, ¿pensarlo una vez más cambiaría las cosas?

Enderezó la espalda, echó un último vistazo al espejo y se marchó.

Comenzó el camino, pero no con los pasos inseguros que diera tan sólo unos minutos antes. Ahora marchaba firme, segura. ¿Estaba convencida de lo que estaba a punto de hacer?, ¿o sólo era eso lo que quería aparentar? A ella ya no parecía importarle, ¿podría alguien confirmar sus ideas en tan poco tiempo?, ¿o en realidad nada había cambiado?

Siguió caminando, firme, erguida, con la frente en alto. Al mirar al frente confirmó que no podría haber tomado una mejor decisión. Sí, su vida cambiaría completamente. Pero no tenía la menor duda de que su vida jamás tendría sentido sin él. Todo sería triste, ¿para qué levantarse el lunes temprano?, sin los proyectos que compartían se sentiría vacía, sin los sueños construidos a su lado, todo sería oscuro.

Soltó el brazo de su padre, tomó la mano del novio, no tardó en decir “acepto” y comenzaron la vida más feliz, tal y como lo habían soñado desde el primer instante.

Colectivo


COLECTIVO

Iba yo subiendo al colectivo 542, camino a la estación de Lomas de Zamora, donde me encontraría con una amiga que hacía varias semanas no veía.

Luego de sacar el boleto levanté la mirada, escudriñando a un lado y otro del pasillo central, en busca de un asiento libre, pero fue inútil: absolutamente todos estaban ocupados. En el primero había una mujer embarazada, con las mejillas coloradas y las piernas tensas. Estaba sentada justo del lado donde daba de lleno el sol de diciembre y su frente comenzaba a sudar. Desde el asiento de atrás un hombre le alcanzó una botella de agua fresca y puso la mano en su hombro, “Relájate, pronto llegaremos a casa”, le dijo en voz baja.

Pocos asientos más allá había tres niños jugando al “Veo- veo”, y así comenzaban:

– Veo, veo…

– ¿Qué ves?

– Una cosa…

– ¿Qué cosa?

– Maravillosa…

– ¿De qué color?

– De color… rosa

– Ah, ¡ya sé! ¡El vestido de la gorda! -Gritó el tercer niño, haciendo pasar vergüenza a su madre, que desde ese momento posó su mirada en el piso y no volvió a levantarla.

La “gorda de vestido rosa” puso mirada fastidiosa en un comienzo, pero luego no pudo evitar sentir cierta simpatía por los tres mocosos que acababan de insultarla y antes de bajar les extendió una mano llena de caramelos y, mientras los chicos estaban distraídos con las golosinas, les dejó bajo el asiento una bolsa que hasta ese momento había llevado consigo. Disimuladamente se marchó hacia la puerta intermedia del transporte y finalmente tocó timbre y bajó, sin que nadie notara lo que acababa de hacer. Ni siquiera la madre de los pequeños, que aún miraba el piso por la vergüenza que había pasado pocos minutos antes.

Más atrás una chica volvía de su primer día de trabajo y, orgullosa de sí misma, miraba feliz el atardecer, pensando en qué gastaría la pequeña suma de dinero que recién había ganado. Sin siquiera sentir que una mujer, elegantemente vestida y con un saco de piel falsa en los brazos, ya le había abierto la cartera y tenía posesión de su billetera con todo el dinero y sus documentos también. Mientras ella seguía en su propio mundo, la mujer hizo una seña al colectivero, que paró allí mismo -a mitad de cuadra y sin ser parada- y bajó apresuradamente. Pero nadie tuvo tiempo de darse cuenta, ya que uno de los chicos de los asientos delanteros comenzó a gritar “¡UNA BOLSA, UNA BOLSA!”, mientras otro la abría, y el tercero espiaba en su interior “¡un perrito…”, exclamaron los tres al mismo tiempo y el colectivero dio vuelta la cabeza como si eso fuera sinónimo a una amenaza de bomba. “… de peluche!” agregaron los tres, sacando un gran perro de largos pelos sintético, de a bolsa que había dejado la mujer.

Con todo aquello, la nerviosa embarazada se encontraba distraída y ahora lucía una dulce sonrisa y sus piernas estaban relajadas, mientras sus manos reposaban tranquilas sobre su panza.

A toda aquella situación sólo unas pocas personas permanecían ajenas: por un lado una joven pareja que intercambiaba miradas. Ambos se encontraban completamente embelesados con los ojos de su compañero. Entonces me dieron a mí también ganas de reflejarme en los ojos de mi novio, pero por desgracia tendría que conformarme con una llamada telefónica a la noche, ya que se encontraba lejos durante la semana.

La otra persona que permanecía aún enajenada y encerrada en su propio mundo era una pobre ancianita que, sentada en un rincón y con ojos llorosos, leía una y otra vez una carta, cuyo encabezado decía “Último aviso previo a remate”.

Mientras yo veía todo aquello, un vendedor de golosinas se hacía espacio entre la gente a fuerza de empujones, para llegar antes que nadie a la puerta. Entonces noté que el colectivo acababa de doblar en la esquina de Gorriti y República Árabe- Siria, y ya era hora de que todos bajáramos.