De Guerra y de Amor – Capítulo XXXI


XXXI

Todo se mantuvo como estaba: mamá seguía yendo cada vez más horas al campo junto con la abuela y yo me quedaba en casa con Rocío. Hacía las tareas domésticas y los recados en el pueblo y, al tener a mi pequeña hermana conmigo, los días eran más divertidos.
Con el correr del tiempo, el rostro de la abuela comenzó a mostrar preocupación, porque aún no sabíamos nada de los hombres de la casa y los ahorros ya eran pocos.
Los ojos de mamá dejaban ver tristeza y melancolía, probablemente al recordar que su marido no conocía a su pequeña hija aún.
Como siempre, yo trataba de menguar el dolor contando las tonterías simples del quehacer del día a día y Rocío jugaba un gran papel en aquella tarea, al igual que Juan y su madre, que continuaban visitándonos a menudo.
Así, pasamos otros dos meses sin tener noticias ni de Fernando Esquivel, ni de mi padre y mi abuelo hasta que, un día como cualquier otro, mi madre y mi abuela recibieron cada una, una extraña carta desde Italia. Pocos días más tarde yo recibí una misiva a nombre del señor Esquivel, que explicaba el contenido de las dos anteriores.
En resumen, la conclusión de las tres cartas era que la gran mayoría de los tripulantes del barco donde trabajaban mi padre y mi abuelo, ellos incluidos, estaban presos en Italia. Sin dar mucha más información ni detalles.
– ¡Deben haberlos oídos blasfemar!- decía la abuela.
– ¡Debían ser todos republicanos en aquel barco!-  dijo madre.

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