Próximamente…


¡Nuevo cuento infantil! En esta oportunidad uno de nuestros valientes amiguitos encontrará un pingüino empetrolado… ¡Aventuras, diversión y aprendizaje!… ¡Yo no me lo perdería!

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De Guerra y de Amor – Capítulo XXXI


XXXI

Todo se mantuvo como estaba: mamá seguía yendo cada vez más horas al campo junto con la abuela y yo me quedaba en casa con Rocío. Hacía las tareas domésticas y los recados en el pueblo y, al tener a mi pequeña hermana conmigo, los días eran más divertidos.
Con el correr del tiempo, el rostro de la abuela comenzó a mostrar preocupación, porque aún no sabíamos nada de los hombres de la casa y los ahorros ya eran pocos.
Los ojos de mamá dejaban ver tristeza y melancolía, probablemente al recordar que su marido no conocía a su pequeña hija aún.
Como siempre, yo trataba de menguar el dolor contando las tonterías simples del quehacer del día a día y Rocío jugaba un gran papel en aquella tarea, al igual que Juan y su madre, que continuaban visitándonos a menudo.
Así, pasamos otros dos meses sin tener noticias ni de Fernando Esquivel, ni de mi padre y mi abuelo hasta que, un día como cualquier otro, mi madre y mi abuela recibieron cada una, una extraña carta desde Italia. Pocos días más tarde yo recibí una misiva a nombre del señor Esquivel, que explicaba el contenido de las dos anteriores.
En resumen, la conclusión de las tres cartas era que la gran mayoría de los tripulantes del barco donde trabajaban mi padre y mi abuelo, ellos incluidos, estaban presos en Italia. Sin dar mucha más información ni detalles.
– ¡Deben haberlos oídos blasfemar!- decía la abuela.
– ¡Debían ser todos republicanos en aquel barco!-  dijo madre.

Un regalo para papá


– ¡Vamos Lu!, vestite que vamos a comprarle el regalo a papá.
– ¡Ya estoy listo!, pero esperá que agarro la plata… – dijo el pequeño Luciano mientras rompía su chanchito: había estado ahorrando durante varios meses para comprar un gran regalo para el día del padre. Lleno de esperanza, se decía a sí mismo “Quizá sobre un poquito y pueda ahorrarlo para el día de la madre”. Al principio no sabía qué comprar. La primera idea fue una camisa, pero eso seguro se lo iba a regalar mamá. “Un auto, ese es un buen obsequio”, pensaba contento mientras se imaginaba distintos modelos y colores.
– ¿Qué querés comprarle?- preguntó mamá.
– ¡Un auto rojo, de esos que no tienen techo y tienen un caballito adelante!, ¿le gustará?…
– ¡Claro que le gustaría, Lu!… pero no creo que tengas el dinero suficiente.
– ¡Pero ahorré por muchos meses, mami!, ¿contamos?
Luciano y mamá se sentaron a la mesa y comenzaron a contar los ahorros cuidadosamente guardados en el interior del cerdito de cerámica durante meses. Era el vuelto de las golosinas, las moneditas que encontraba en el colectivo y algunos billetitos que le habían regalado los abuelos. Pero… no era suficiente para el regalote que quería hacer este nene.
– Hay muchas otras cosas que podés comprarle… Llevemos tu dinero y buscamos algo especial para él, ¿querés?
– Bueno mami, ¿vas a ayudarme?
– ¡Claro que sí, mi amor!- dijo mamá. Y juntos se dirigieron a la parada del colectivo. Lu buscó hasta cansarse por los rincones del colectivo algo que pudiera incrementar su pequeña fortuna, incluso llegó a decir “Señora, ¿no me da una monedita?”, a una viejita que pasaba por la calle mientras mamá cerraba la puerta con llave. Pero, por muchos esfuerzos que hizo, no llegó a juntar todo lo que le faltaba.
Llegaron al centro y mamá compró un gran saco de lana. Caminaron por todos lados: buscaron en negocios de ropa, de herramientas para arreglar cosas -de esas que tanto le gusta usar a papá-, en jugueterías… pero nada parecía ser suficientemente especial para papá.
. ¿No alcanza para una moto de agua?- preguntó empecinado, y se llevó una gran desilusión al descubrir que sería igualmente imposible.
Se hizo la hora de volver a casa y Luciano no había conseguido nada. Pensó en comprarle chocolate y caramelos, pero después se dio cuenta que eso hubiera sido un buen regalo para él mismo, más que para su papá. Al día siguiente despertó con una idea espectacular: una pelota de fútbol para jugar los domingos en la placita del barrio cuando sacaran a pasear a su perro Pulguitas.
Mamá lo llevó al centro otra vez y compraron una pelota nueva muy buena… pero tuvo una historia muy particular. Estaban haciendo su camino de regreso a casa y a Lu se le desabrocharon los cordones, se detuvo un momento y apoyó la pelota nueva a su lado en el piso, con tan mala suerte que pasó un chico corriendo y se la robó.
– ¡Mamá ese chico se robó mi pelota!- gritó Luciano mientras sus ojitos se llenaban de lágrimas. Mamá trató de salir corriendo, pero era el chico era muy rápido y no tardó en perderse entre la gente.
Así, el día del padre llegó: la abuela trajo una bufanda tejida por ella, mamá el gran saco de lana, pero Lu no tenía nada más que un dibujito hecho por él para darle a su papá.
– Papi: quise comprarte un auto grande, pero no me alcanzó el dinero… después te compré una pelota de fútbol para jugar juntos, pero me la robaron… así que te hice esto: es un dibujito de nosotros corriendo con Pulguitas y comiendo un bizcochuelo con mamá, ¿te gusta?
– ¡Cómo no iba a gustarme, Lu! Esto es mucho más especial, pensalo bien: si me regalabas un auto, otros señores iban a manejar el mismo auto; si me regalabas una pelota de fútbol, otros papás iban a tener otras iguales… ¡pero nadie tiene un dibujo como este de mi familia!- dijo papá mientas le daba un gran abrazo que lo levantó por los aires.

De Guerra y de Amor – Capítulo XXX


XXX

Prácticamente ya me había olvidado de la carta que había enviado a Fernando Esquivel cuando llegó su respuesta. Era todo lo contrario a lo que esperaba recibir y, además, me dejaba en una posición incómoda con respecto a mi madre y mi abuela. La carta decía que no había logrado dar con el paradero del barco, pero que continuaría la búsqueda. No sabía qué hacer, ni qué decir en mi casa. Luego de pensarlo, decidí reunir a mi madre y mi abuela y contárselos todo. – ¿Qué sucede, niña?, tengo que darle la toma a Rocío.- dijo mamá. – Madre, escúcheme, hay algo que deben saber… – Anda, Pilar, ¡qué no tenemos todo el día! – Disculpen, pero no es fácil… ¿Recuerdan que padre dejó la dirección de alguien a quien escribir en caso de urgencia?, a sus espaldas yo le he escrito, pidiéndole que los localizara… – ¿Cómo has hecho algo así sin decírnoslo, niña?- dijo la abuela. – ¿Te ha respondido?, ¿qué sabes de ellos?- fue la respuesta de mamá. – Verán, dice que aún no ha podido encontrarlos, pero que continuará buscando y me escribirá en cuanto tenga noticias. También dijo que si necesitamos algo para Rocío, él no tendrá reparos en prestarnos dinero hasta que regresen papá y el abuelo. – ¡Qué buen hombre!- dijo madre. – ¿Cómo?, ¿pedirle dinero?… sería lo último que haría en la vida.- Protestó la abuela. Contesté una o dos preguntas más y luego me marché, para dejarlas solas charlando y poniéndose de acuerdo sobre el curso que tomarían las cosas de ahora en más. La decisión final fue que el único camino que nos quedaba, por ahora, era seguir esperando noticias de este hombre o que papá y el abuelo aparecieran de buenas a primeras una mañana en el portal de casa.