De Guerra y de Amor – Capítulo XXIX


XXIX

Con madre prestándole atención a Rocío tiempo completo, la abuela recomenzó a ir sola todos los días al campo, y yo me dediqué nuevamente a los quehaceres: planchar, coser, preparar la comida.
A medida que pasaba el tiempo empezó a hacer las cosas de la casa conmigo, como solía hacerlo y, cuando las tomas de la niña comenzaron a ser más espaciadas, mamá comenzó a ir un par de horas a ayudar a la abuela.
En esos ratos yo me quedaba con Rocío y le cantaba, jugaba con ella y, cuando veía que comenzaba a ponerse fastidiosa, la hacía dormir.
Así pasamos varios meses: madre trabajaba cada vez más, como solía hacer antes del embarazo y, aunque la abuela se opusiera, Rocío comenzó a tomar biberón, así crecería más rápidamente -porque la leche de mamá no era muy buena según el doctor- y además ella podía pasar más horas en el campo.
El incremento de trabajo en el campo vio sus frutos ya que no tardaron en regresar con bolsas repletas de vegetales y frutas como en otros tiempos. El gran problema ahora era la falta de dinero porque había cosas necesarias que nosotras no obteníamos del campo.
Sin que yo pudiera hacer nada al respecto, mamá y la abuela recomenzaron la dieta del té con leche y tostadas. Esta vez me preocupaba porque ahora la abuela era mayor y mamá había adelgazado mucho las primeras semanas luego del parto.

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