De Guerra y Amor – Capítulo XXVIII


XXVIII

Unos días más tarde mi madre ya no tenía fiebre pero aún se encontraba demasiado decaída. Tanto que incluyo yo, que en un principio lo consideraba normal, había comenzado a alarmarme.
Con la abuela nos reunimos en la cocina y decidimos ir a buscar al doctor Heredia. No fue una idea grata para mamá pero ella misma reconocía que no se encontraba tan bien como cuando había nacido yo.
Cambié de vestido y fui a buscar al doctor: que resultó que había ido a ver a otro paciente pero su mujer prometió enviarlo a casa en cuanto regresase.
Hice el camino de regreso a casa y no nos quedó más que esperar a que el doctor llamara a la puerta.
Mientras tanto, como mi madre se sentía débil, mi abuela y yo nos encargábamos de la pequeña Rocío: bañarla, cambiarle la ropa, los pañales… las únicas tareas específicamente asignadas eran la de amamantar a la niña, obviamente a cargo de mi madre y el lavado de los pañales sucios, que le tocaba a la abuela.
Luego de la cena, el doctor Heredia finalmente llegó y pasó directo a ver a mi madre.
Estuvo un rato examinándola y concluyó que, por el momento, no tenía nada pero que sería recomendable darle un novedoso antibiótico que podría evitar infecciones posteriores al parto. Revisé los ahorros y teníamos suficiente, pero no sobraría mucho para futuras emergencias. Sin poner reparos en el dinero, compramos aquel antibiótico y, no sé si fue por eso o por qué, pero poco a poco mi madre comenzó a sentirse más animada y en unos pocos días más ya estaba completamente reestablecida.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s