De Guerra y de Amor – Capítulo XXVII


XXVII

Como era claro que yo deseaba dar un paseo por la orilla del mar, la abuela se ofreció a acompañarnos, puesto que jamás se me hubiera ocurrido dar un paseo a solas con Juan (o cualquier otro muchacho).
– Venga niños, ¿quieren salir de aquí, verdad?, sólo déjenme ir a por mi abrigo y en seguida estaré con ustedes.
– Gracias abuela, usted sabe cuánta ilusión me hace ir a la playa a ver el atardecer.
– No, no doña Marta… estoy bastante apurado así que hoy no tengo tiempo para paseos…- sentenció Juan. – ¿Me traes un té, Pilar?- agregó.
– No está para servirte, si quieres algo me lo pides a mí.- dijo la abuela.
– Está bien, no me traiga nada señora…- dijo, mirando a mi abuela- ¿Nos vamos ya, madre?- agregó.
Rápidamente se marchó saludándonos a todas, como es debido, pero sin ser demasiado condescendiente por lo que su madre pidió disculpas por él.
– ¿Y a este qué mosca le picó, madre?- pregunté confundida.
– Sinceramente yo tampoco sé qué decir… hasta ahora siempre parecía tan atento y amable…
– Sí, cuando era niño, porque últimamente esa es siempre su actitud… será que finalmente está mostrando la hilacha.- agregó la abuela.
– Gracias por defenderme, abuelita.
– Si no nos defendemos entre nosotras, ¿quién va a defendernos, mi niña?

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