La princesa que no quería ser princesa


¡Eso de que todas las niñas quieren ser princesas es mentira!, o al menos eso pensaba Lucía. Ella era una princesita que vivía en un castillo ubicado en el medio de un bosque sin nombre, en las afueras de un país lejano. Como toda princesa, dormía en la cama más mullida que puedan imaginar, tenía los mejores vestidos y cada capricho que se le ocurría era una orden para sus sirvientes, que cumplían de buena gana porque ella era una niña muy dulce. Siempre despertaba con una sonrisa y bajaba a desayunar cantando y bailando. Saludaba a sus papás -los reyes- con un beso y un abrazo y a menudo los dibujaba en sus tronos, luciendo sus brillantes coronas. Iba a un colegio exclusivo, al que solo iban princesitas, príncipes e hijos de otras personas importantes. Tenía muchísimos amigos y a menudo era invitada a grandes fiestas en majestuosos palacios.
Pero… como en toda buena historia, apareció un problema: en la escuela, Lucía comenzó a aprender sobre animales, plantas y piedras, y cada vez comenzó a pasar más tiempo al aire libre en el jardín del castillo. Jugaba con las florcitas, las estudiaba y dibujaba. Seguía a los pajaritos y buscaba sus nidos, contaba cuántos huevos ponían, miraba lo que comían y trataba de averiguar a qué especie pertenecían. Hasta que un día…
Hasta que un día mamá la buscaba por todos lados y ella no aparecía:
– ¿En dónde está Lucía? – preguntaba la reina a sus sirvientes- ¡tiene que arreglarse, hoy es la cena con el rey de Ludovaquia y no podemos llegar tarde!- Todos comenzaron a recorrer el palacio, pero era un lugar enorme donde buscar a una niña tan pequeñita. Finalmente, papá la encontró… había hecho un pozo muy, muy, pero re- contra- muy profundo y estaba buscando piedritas en su interior.
-¡Lucía, sal de ahí inmediatamente!- dijo papá enojadísimo. Lucía salió del pozo dando un salto y luciendo un elegante vestido manchado de barro, pasto y con algunas hojas de árbol pegadas en la suela del zapato. En aquel momento la familia real estaba demasiado apresurada como para enfadarse con Lucía, por lo que solo hubo tiempo para un buen baño, un vestido y zapatos limpios y… ¡al carruaje!
Gracias al esfuerzo de mamá y papá y a la ayuda de los sirvientes, Lucía estuvo hermosa en un santiamén, llegaron a tiempo al palacio del rey de Ludovaquia y todo salió a pedir de boca. Pero al regresar a casa Luci tuvo que escuchar los regaños de sus padres. “¡Una princesa no puede jugar en el barro!” “Una princesita tiene que estar de punta en blanco”, decía papá. “Los sirvientes dicen que estuviste jugando así varios días esta semana…” “¿Qué pensarían las madres de las otras niñas si te vieran así?” “¡Ningún príncipe va a quererte como esposa!”, no paraba de repetir mamá. Y así fue como a la pequeña princesa Lucía le prohibieron volver a salir a jugar al jardín y ensuciarse.
Las tardes de Lucía empezaron a ser más y más aburridas, sola en su cuarto, pensaba que sería mejor ya no ser una princesa. Llegaba del colegio, almorzaba y se iba a hacer los deberes. Pero, como ya no podía salir a ver por sí misma las cosas que estudiaba, no era divertido hacer la tarea. Sus notas empezaron a bajar y ya no se despertaba con una sonrisa ni bajaba a desayunar cantando y bailando.
Mamá y papá no tardaron en notarlo y comenzaron a preocuparse:
– ¿Estará enferma?- preguntaba preocupada la reina a su marido.
– No creo… quizás se haya enamorado…- respondía él. Hasta que un criado que escuchó la conversación les sugirió que la dejaran salir a jugar al jardín uno o dos días a la semana, ese mismo día los sirvientes se encargarían de lavarle la ropa y cambiarle los zapatos: así solo pasaría un ratito sucia -como querían mamá y papá- y ella volvería a jugar y experimentar con el barro, las piedritas y los animalitos del jardín -como quería Luci-.
Los reyes no tardaron en comunicarle la buena idea a la princesa, que desde entonces volvió a ser la niña alegre que solía ser.
Gracias a que pasó el resto de su infancia jugando en el jardín del palacio la princesa Lucía estudió Ciencias al crecer y, al verla una tarde llena de barro y con hojitas en las suelas de los zapatos, el principito de Ludovaquia se enamoró de ella y juntos pasaron muchas tardes jugando en el jardín de su castillo.

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