De Guerra y de Amor – Capítulo XXIX


XXIX

Con madre prestándole atención a Rocío tiempo completo, la abuela recomenzó a ir sola todos los días al campo, y yo me dediqué nuevamente a los quehaceres: planchar, coser, preparar la comida.
A medida que pasaba el tiempo empezó a hacer las cosas de la casa conmigo, como solía hacerlo y, cuando las tomas de la niña comenzaron a ser más espaciadas, mamá comenzó a ir un par de horas a ayudar a la abuela.
En esos ratos yo me quedaba con Rocío y le cantaba, jugaba con ella y, cuando veía que comenzaba a ponerse fastidiosa, la hacía dormir.
Así pasamos varios meses: madre trabajaba cada vez más, como solía hacer antes del embarazo y, aunque la abuela se opusiera, Rocío comenzó a tomar biberón, así crecería más rápidamente -porque la leche de mamá no era muy buena según el doctor- y además ella podía pasar más horas en el campo.
El incremento de trabajo en el campo vio sus frutos ya que no tardaron en regresar con bolsas repletas de vegetales y frutas como en otros tiempos. El gran problema ahora era la falta de dinero porque había cosas necesarias que nosotras no obteníamos del campo.
Sin que yo pudiera hacer nada al respecto, mamá y la abuela recomenzaron la dieta del té con leche y tostadas. Esta vez me preocupaba porque ahora la abuela era mayor y mamá había adelgazado mucho las primeras semanas luego del parto.

Anuncios

Colectivo


COLECTIVO

Iba yo subiendo al colectivo 542, camino a la estación de Lomas de Zamora, donde me encontraría con una amiga que hacía varias semanas no veía.

Luego de sacar el boleto levanté la mirada, escudriñando a un lado y otro del pasillo central, en busca de un asiento libre, pero fue inútil: absolutamente todos estaban ocupados. En el primero había una mujer embarazada, con las mejillas coloradas y las piernas tensas. Estaba sentada justo del lado donde daba de lleno el sol de diciembre y su frente comenzaba a sudar. Desde el asiento de atrás un hombre le alcanzó una botella de agua fresca y puso la mano en su hombro, “Relájate, pronto llegaremos a casa”, le dijo en voz baja.

Pocos asientos más allá había tres niños jugando al “Veo- veo”, y así comenzaban:

– Veo, veo…

– ¿Qué ves?

– Una cosa…

– ¿Qué cosa?

– Maravillosa…

– ¿De qué color?

– De color… rosa

– Ah, ¡ya sé! ¡El vestido de la gorda! -Gritó el tercer niño, haciendo pasar vergüenza a su madre, que desde ese momento posó su mirada en el piso y no volvió a levantarla.

La “gorda de vestido rosa” puso mirada fastidiosa en un comienzo, pero luego no pudo evitar sentir cierta simpatía por los tres mocosos que acababan de insultarla y antes de bajar les extendió una mano llena de caramelos y, mientras los chicos estaban distraídos con las golosinas, les dejó bajo el asiento una bolsa que hasta ese momento había llevado consigo. Disimuladamente se marchó hacia la puerta intermedia del transporte y finalmente tocó timbre y bajó, sin que nadie notara lo que acababa de hacer. Ni siquiera la madre de los pequeños, que aún miraba el piso por la vergüenza que había pasado pocos minutos antes.

Más atrás una chica volvía de su primer día de trabajo y, orgullosa de sí misma, miraba feliz el atardecer, pensando en qué gastaría la pequeña suma de dinero que recién había ganado. Sin siquiera sentir que una mujer, elegantemente vestida y con un saco de piel falsa en los brazos, ya le había abierto la cartera y tenía posesión de su billetera con todo el dinero y sus documentos también. Mientras ella seguía en su propio mundo, la mujer hizo una seña al colectivero, que paró allí mismo -a mitad de cuadra y sin ser parada- y bajó apresuradamente. Pero nadie tuvo tiempo de darse cuenta, ya que uno de los chicos de los asientos delanteros comenzó a gritar “¡UNA BOLSA, UNA BOLSA!”, mientras otro la abría, y el tercero espiaba en su interior “¡un perrito…”, exclamaron los tres al mismo tiempo y el colectivero dio vuelta la cabeza como si eso fuera sinónimo a una amenaza de bomba. “… de peluche!” agregaron los tres, sacando un gran perro de largos pelos sintético, de a bolsa que había dejado la mujer.

Con todo aquello, la nerviosa embarazada se encontraba distraída y ahora lucía una dulce sonrisa y sus piernas estaban relajadas, mientras sus manos reposaban tranquilas sobre su panza.

A toda aquella situación sólo unas pocas personas permanecían ajenas: por un lado una joven pareja que intercambiaba miradas. Ambos se encontraban completamente embelesados con los ojos de su compañero. Entonces me dieron a mí también ganas de reflejarme en los ojos de mi novio, pero por desgracia tendría que conformarme con una llamada telefónica a la noche, ya que se encontraba lejos durante la semana.

La otra persona que permanecía aún enajenada y encerrada en su propio mundo era una pobre ancianita que, sentada en un rincón y con ojos llorosos, leía una y otra vez una carta, cuyo encabezado decía “Último aviso previo a remate”.

Mientras yo veía todo aquello, un vendedor de golosinas se hacía espacio entre la gente a fuerza de empujones, para llegar antes que nadie a la puerta. Entonces noté que el colectivo acababa de doblar en la esquina de Gorriti y República Árabe- Siria, y ya era hora de que todos bajáramos.

De Guerra y Amor – Capítulo XXVIII


XXVIII

Unos días más tarde mi madre ya no tenía fiebre pero aún se encontraba demasiado decaída. Tanto que incluyo yo, que en un principio lo consideraba normal, había comenzado a alarmarme.
Con la abuela nos reunimos en la cocina y decidimos ir a buscar al doctor Heredia. No fue una idea grata para mamá pero ella misma reconocía que no se encontraba tan bien como cuando había nacido yo.
Cambié de vestido y fui a buscar al doctor: que resultó que había ido a ver a otro paciente pero su mujer prometió enviarlo a casa en cuanto regresase.
Hice el camino de regreso a casa y no nos quedó más que esperar a que el doctor llamara a la puerta.
Mientras tanto, como mi madre se sentía débil, mi abuela y yo nos encargábamos de la pequeña Rocío: bañarla, cambiarle la ropa, los pañales… las únicas tareas específicamente asignadas eran la de amamantar a la niña, obviamente a cargo de mi madre y el lavado de los pañales sucios, que le tocaba a la abuela.
Luego de la cena, el doctor Heredia finalmente llegó y pasó directo a ver a mi madre.
Estuvo un rato examinándola y concluyó que, por el momento, no tenía nada pero que sería recomendable darle un novedoso antibiótico que podría evitar infecciones posteriores al parto. Revisé los ahorros y teníamos suficiente, pero no sobraría mucho para futuras emergencias. Sin poner reparos en el dinero, compramos aquel antibiótico y, no sé si fue por eso o por qué, pero poco a poco mi madre comenzó a sentirse más animada y en unos pocos días más ya estaba completamente reestablecida.

De Guerra y de Amor – Capítulo XXVII


XXVII

Como era claro que yo deseaba dar un paseo por la orilla del mar, la abuela se ofreció a acompañarnos, puesto que jamás se me hubiera ocurrido dar un paseo a solas con Juan (o cualquier otro muchacho).
– Venga niños, ¿quieren salir de aquí, verdad?, sólo déjenme ir a por mi abrigo y en seguida estaré con ustedes.
– Gracias abuela, usted sabe cuánta ilusión me hace ir a la playa a ver el atardecer.
– No, no doña Marta… estoy bastante apurado así que hoy no tengo tiempo para paseos…- sentenció Juan. – ¿Me traes un té, Pilar?- agregó.
– No está para servirte, si quieres algo me lo pides a mí.- dijo la abuela.
– Está bien, no me traiga nada señora…- dijo, mirando a mi abuela- ¿Nos vamos ya, madre?- agregó.
Rápidamente se marchó saludándonos a todas, como es debido, pero sin ser demasiado condescendiente por lo que su madre pidió disculpas por él.
– ¿Y a este qué mosca le picó, madre?- pregunté confundida.
– Sinceramente yo tampoco sé qué decir… hasta ahora siempre parecía tan atento y amable…
– Sí, cuando era niño, porque últimamente esa es siempre su actitud… será que finalmente está mostrando la hilacha.- agregó la abuela.
– Gracias por defenderme, abuelita.
– Si no nos defendemos entre nosotras, ¿quién va a defendernos, mi niña?

De Guerra y de Amor – Capítulo XXVI


XXVI

Más o menos una semana después del nacimiento de mi pequeña hermana, la abuela seguía preocupada, yendo y viniendo de un lado a otro velando por las necesidades de mi madre.
– Niña, ¿puedo preguntarte algo?- me dijo un día.
– Lo que necesite, abuela.
– ¿Tú ves bien a tu madre?
– Claro que sí, ¿por qué dice eso, usted no?
– Más o menos, está mejorando pero yo creo que debería verla un médico.
– No sé, abuela, jamás he tenido a una mujer que recién hubiera dado a luz cerca mío. Es imposible para mí saber cómo debería estar.
Seguimos conversando cierto rato y decidimos que de seguir así dentro de unos días llamaríamos al doctor Heredia.
Al surgir aquella posibilidad esperé a que mi abuela no me viese y conté el dinero que quedaba en la latita de los gastos. Recordé cuánto nos había cobrado el doctor las últimas veces y, claramente, no nos quedaba otra opción más que recurrir a los ahorros.
Entonces fue cuando recordé que mi padre y mi abuelo no habían enviado carta en mucho tiempo. Hacía ya unos nueves meses de su partida, y nunca pasaban tanto tiempo fuera de casa.
Medité aquello por varios días, hasta que finalmente tomé una decisión: fui a mi cuarto, me hice la dormida y cuando madre y la abuela se quedaron dormidas me levanté y escribí una carta para aquel señor que mi padre dijo sabría contactarlo. Traté de ser directa y hablar claro. Expliqué nuestra situación: que mi madre acababa de dar a luz, que necesitábamos dinero y pocas cosas más.
Esperé a que me dieran algún recado que hacer en el pueblo y, sin decir una palabra, envié la carta al tal Fernando Esquivel.
Al regresar a casa encontré a Juan y a su madre que habían ido para darnos la enhorabuena. Lo primero que vi fue a Juan de pie en mi portal con un gran ramo de flores y el corazón me dio un vuelco… aunque no tardé en descubrir que eran para mi madre.

La princesa que no quería ser princesa


¡Eso de que todas las niñas quieren ser princesas es mentira!, o al menos eso pensaba Lucía. Ella era una princesita que vivía en un castillo ubicado en el medio de un bosque sin nombre, en las afueras de un país lejano. Como toda princesa, dormía en la cama más mullida que puedan imaginar, tenía los mejores vestidos y cada capricho que se le ocurría era una orden para sus sirvientes, que cumplían de buena gana porque ella era una niña muy dulce. Siempre despertaba con una sonrisa y bajaba a desayunar cantando y bailando. Saludaba a sus papás -los reyes- con un beso y un abrazo y a menudo los dibujaba en sus tronos, luciendo sus brillantes coronas. Iba a un colegio exclusivo, al que solo iban princesitas, príncipes e hijos de otras personas importantes. Tenía muchísimos amigos y a menudo era invitada a grandes fiestas en majestuosos palacios.
Pero… como en toda buena historia, apareció un problema: en la escuela, Lucía comenzó a aprender sobre animales, plantas y piedras, y cada vez comenzó a pasar más tiempo al aire libre en el jardín del castillo. Jugaba con las florcitas, las estudiaba y dibujaba. Seguía a los pajaritos y buscaba sus nidos, contaba cuántos huevos ponían, miraba lo que comían y trataba de averiguar a qué especie pertenecían. Hasta que un día…
Hasta que un día mamá la buscaba por todos lados y ella no aparecía:
– ¿En dónde está Lucía? – preguntaba la reina a sus sirvientes- ¡tiene que arreglarse, hoy es la cena con el rey de Ludovaquia y no podemos llegar tarde!- Todos comenzaron a recorrer el palacio, pero era un lugar enorme donde buscar a una niña tan pequeñita. Finalmente, papá la encontró… había hecho un pozo muy, muy, pero re- contra- muy profundo y estaba buscando piedritas en su interior.
-¡Lucía, sal de ahí inmediatamente!- dijo papá enojadísimo. Lucía salió del pozo dando un salto y luciendo un elegante vestido manchado de barro, pasto y con algunas hojas de árbol pegadas en la suela del zapato. En aquel momento la familia real estaba demasiado apresurada como para enfadarse con Lucía, por lo que solo hubo tiempo para un buen baño, un vestido y zapatos limpios y… ¡al carruaje!
Gracias al esfuerzo de mamá y papá y a la ayuda de los sirvientes, Lucía estuvo hermosa en un santiamén, llegaron a tiempo al palacio del rey de Ludovaquia y todo salió a pedir de boca. Pero al regresar a casa Luci tuvo que escuchar los regaños de sus padres. “¡Una princesa no puede jugar en el barro!” “Una princesita tiene que estar de punta en blanco”, decía papá. “Los sirvientes dicen que estuviste jugando así varios días esta semana…” “¿Qué pensarían las madres de las otras niñas si te vieran así?” “¡Ningún príncipe va a quererte como esposa!”, no paraba de repetir mamá. Y así fue como a la pequeña princesa Lucía le prohibieron volver a salir a jugar al jardín y ensuciarse.
Las tardes de Lucía empezaron a ser más y más aburridas, sola en su cuarto, pensaba que sería mejor ya no ser una princesa. Llegaba del colegio, almorzaba y se iba a hacer los deberes. Pero, como ya no podía salir a ver por sí misma las cosas que estudiaba, no era divertido hacer la tarea. Sus notas empezaron a bajar y ya no se despertaba con una sonrisa ni bajaba a desayunar cantando y bailando.
Mamá y papá no tardaron en notarlo y comenzaron a preocuparse:
– ¿Estará enferma?- preguntaba preocupada la reina a su marido.
– No creo… quizás se haya enamorado…- respondía él. Hasta que un criado que escuchó la conversación les sugirió que la dejaran salir a jugar al jardín uno o dos días a la semana, ese mismo día los sirvientes se encargarían de lavarle la ropa y cambiarle los zapatos: así solo pasaría un ratito sucia -como querían mamá y papá- y ella volvería a jugar y experimentar con el barro, las piedritas y los animalitos del jardín -como quería Luci-.
Los reyes no tardaron en comunicarle la buena idea a la princesa, que desde entonces volvió a ser la niña alegre que solía ser.
Gracias a que pasó el resto de su infancia jugando en el jardín del palacio la princesa Lucía estudió Ciencias al crecer y, al verla una tarde llena de barro y con hojitas en las suelas de los zapatos, el principito de Ludovaquia se enamoró de ella y juntos pasaron muchas tardes jugando en el jardín de su castillo.

A la hora de leer… ¿Cuál es el medio preferido por los niños?


Los niños entre 6 y 10 años prefieren…


¿Qué tipo de cuentos prefieren los niños?


jazmindora.wordpress.com comienza así con una nueva sección: ENCUESTAS. Simplemente para compartir opiniones, debatir y por qué no divertirnos un poco…

¡Qué la encuesta hable por sí sola!

De Guerra y de Amor – Capítulo XXVI


XXVI

    Más o menos una semana después del nacimiento de mi pequeña hermana, la abuela seguía preocupada, yendo y viniendo de un lado a otro velando por las necesidades de mi madre.
    – Niña, ¿puedo preguntarte algo?- me dijo un día.
    – Lo que necesite, abuela.
    – ¿Tú ves bien a tu madre?
    – Claro que sí, ¿por qué dice eso, usted no?
    – Más o menos, está mejorando pero yo creo que debería verla un médico.
    – No sé, abuela, jamás he tenido a una mujer que recién hubiera dado a luz cerca mío. Es imposible para mí saber cómo debería estar.
    Seguimos conversando cierto rato y decidimos que de seguir así dentro de unos días llamaríamos al doctor Heredia.
    Al surgir aquella posibilidad esperé a que mi abuela no me viese y conté el dinero que quedaba en la latita de los gastos. Recordé cuánto nos había cobrado el doctor las últimas veces y, claramente, no nos quedaba otra opción más que recurrir a los ahorros.
    Entonces fue cuando recordé que mi padre y mi abuelo no habían enviado carta en mucho tiempo. Hacía ya unos nueves meses de su partida, y nunca pasaban tanto tiempo fuera de casa.
    Medité aquello por varios días, hasta que finalmente tomé una decisión: fui a mi cuarto, me hice la dormida y cuando madre y la abuela se quedaron dormidas me levanté y escribí una carta para aquel señor que mi padre dijo sabría contactarlo. Traté de ser directa y hablar claro. Expliqué nuestra situación: que mi madre acababa de dar a luz, que necesitábamos dinero y pocas cosas más.
    Esperé a que me dieran algún recado que hacer en el pueblo y, sin decir una palabra, envié la carta al tal Fernando Esquivel.
    Al regresar a casa encontré a Juan y a su madre que habían ido para darnos la enhorabuena. Lo primero que vi fue a Juan de pie en mi portal con un gran ramo de flores y el corazón me dio un vuelco… aunque no tardé en descubrir que eran para mi madre.