La difícil vida de la araña Pepita


Las ranas, los elefantes, perritos y otros compañeros de Pepita solían burlarse de ella en la escuela. ¿Por qué lo hacían?, simplemente porque era diferente.
– ¡Fea!- gritaba Bratislava, la foca.
– ¡Espantosa, aterradora!- sentenciaba la coneja Fernanda.
Pepita, que era una araña muy dulce y sensible volvía a casa llorando en busca de un abrazo de su mamita.
– ¿Qué sucede, pequeña?- repetía cada día su mamá, mientras le sacaba las lagrimitas.
– ¡No quiero volver a la escuela!… ¡Es horrible!
Después de hablar un rato, Pepita comprendió que el verdadero problema no era la escuela, ya que ahí aprendía muchas cosas importantes y se divertía hablando con sus amigas: Lucía, la hormiguita y Roberta, la cucaracha.
Día tras día Pepita, Lucía y Roberta llegaban al colegio con una sonrisa, sus deberes hechos y muchas ganas de aprender (y jugar en los recreos), pero Bratislava, Fernanda y los demás pasaban el día diciéndoles cosas para hacerlas sentir mal.
Mamá araña ya no sabía qué consejo darle a su hijita. Pensó en hablar con la maestra jirafa, pero Pepita no quiso. También intentó hablar con las mamás de las otras alumnas, pero eran tan presumidas como sus hijas. ¿Qué podía hacer?, ver a su hija volver a casa tan triste era verdaderamente doloroso, sobre todo cuando ella no podía solucionarlo.
Los días pasaban y todo seguía igual, por lo que decidió hacer un curso veloz de “Psicología para madres”. Las primeras clases parecieron no ser de ayuda, pero finalmente encontró lo que  buscaba mientras estudiaba de su libro.
– ¡Ya sé qué es lo que tenés que hacer, cariñito!- dijo, un día llena de alegría.
– No quiero hablar con la maestra, mamá, me da vergüenza.
– No te preocupes, Pepita, lo que tenés que hacer es más sencillo aún: IGNORAR.
– ¿Qué es “ig..lo…nar”?
– Se dice “IG- NO- RAR” y quiere decir que tenés que hacer como si las chicas que te molestan no existiesen… si te critican, no les contestás, si se ríen de vos, no sentís vergüenza… ¿entendés?
– Claro, mami. No es tan difícil, mañana mismo voy a intentarlo.
Aquella noche Pepita se fue a dormir como siempre, saludó a mamá, papá y a sus hermanitos y esperó que llegara el sueño mientras repetía mentalmente: “si te critican, no les contestas, si se ríen de vos, no sentís vergüenza…”
El momento tan difícil llegó: al sonar la campana del recreo Bratislava, Fernanda y otros más comenzaron a burlarse de su peinado y su ropa. Pepita respiró profundo y recordó lo que su madre le había explicado. Ella permaneció seria, acomodando su escritorio como si nada hubiera sucedido. Pero la foca y la coneja comenzaron a decirle cosas más hirientes aún: “fea, patuda” y otras barbaridades que empezaron a lastimar el sensible corazoncito de esta araña tan joven. Al oír todo aquello los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas, pero ella supo ser más fuerte, contener las ganas de llorar y salir al patio, dejándolas con la palabra en la boca. Al ver que reaccionaba así, sus compañeras no supieron qué hacer porque ya no les parecía divertido burlarse de alguien al que le diera igual lo que ellas dijeran.
Al ver que había tenido tan buenos resultados, Pepita explicó a sus amigas lo que su madre le había enseñado, y no tardaron en llevarlo a la práctica.
De este modo, todos los que sufrían las burlas de sus compañeras comenzaron a ignorarlas hasta que se quedaron solas, sin amigos ni nadie de quien burlarse.
Luego de todo esto, Pepita descubrió que tenía una cosa más por hacer antes de dar por resuelto el problema, y así fue como invitó a Bratislava, Fernanda y sus amigas a unirse al resto del grupo, siempre y cuando prometieran no volver a burlarse de ellos.
– Ya aprendimos nuestra lección.- dijo Bratislava, la foca- Es más divertido jugar todos juntos que reírnos de ustedes.
– Además todos tenemos algún defecto.- agregó Fernanda, la coneja.- Por ejemplo, yo tengo una oreja un poco más corta que la otra.
Al descubrir eso todos se dieron cuenta de que es mejor buscar las cosas buenas de los demás que sólo ver sus defectos y es mucho mejor divertirse todos juntos que burlarse de los demás. “Porque a nadie le gusta que le digan cosas feas, ¿no?”, concluyó Pepita.

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