De Guerra y de Amor – Capítulo XXIII


XXIII

Mientras tanto Franco aparecía en cada recoveco de nuestras vidas, sin dar posibilidad de elección. En la radio habían desaparecido más de la mitad de los programas y los que quedaban hablaban exclusivamente de las grandes obras del Caudillo.
Lo mismo sucedía con los periódicos: sólo transmitían las mejoras que el Generalísimo llevaba a cabo en España y cómo eso encajaba perfectamente en el modelo de buen cristiano que tenía la Iglesia Católica española.
En esa época fue cuando comencé a entender un poco más las broncas de mi padre y mi abuelo contra el Régimen y las blasfemias que pronunciaban al oír cómo se trataba a los “rojos”, como llamaban a los contrarios a Franco (republicanos de todo tipo de ideología: comunistas, socialistas e incluso anarquistas).
Así como empecé a comprender a los hombres de mi familia, también comencé a entender a las mujeres. En los pueblos había aún programas radiales sin contaminar de propaganda política que contaban las crueldades que sufrían quienes eran detenidos por atentar contra el Régimen, el orden público, España o la figura del Generalísimo. Comprendía el temor de mi madre y abuela a que alguien los oyera decir las cosas que nosotras les escuchábamos. “Ese es el lado bueno de que pasen tanto tiempo afuera”, decía mi madre.

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