De Guerra y de Amor – Capítulo XXII


XXII

En los últimos meses la barriga de mamá había crecido demasiado y oí a la abuela rezar porque no fueran gemelos.
Mamá tenía fuertes dolores de espalda y calambres en las piernas que acrecentaban con las contracciones del último tiempo.
En esta última etapa el doctor Heredia comenzó a venir seguido a casa y en dos oportunidades hubo que darle inyecciones para relajar los músculos y así aliviar el dolor. Por suerte el dinero que papá y el abuelo habían enviado estaba intacto hasta el momento.
Entre dolores, rezos, alegría y expectación mamá se acercaba cada vez más al tan esperado momento.
La abuela había preparado el moisés donde dormiría la criatura, yo había hecho saquitos y enteritos y mamá sacaba cuentas para ver cuándo regresaría padre ya que no quería elegir sola el nombre del pequeño.
Unas semanas antes de que naciera, llegó una carta que decía que papá y el abuelo se retrasarían uno o dos meses más. Eso decepcionó bastante a mamá porque ya habían pasado demasiados meses fuera, pero nada podía hacerse.
Decidió sola que si nacía niña se llamaría Rocío, por la Virgen del Rocío, y si era varón se llamaría Manuel, como mi padre.
– ¿Y si son dos?- preguntaba la abuela.

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