De Guerra y de Amor – Capítulo XXI


XXI

Yo disfrutaba muchísimo las visitas de Juan y su madre, sobre todo cuando hacía buen tiempo y podíamos dar un paseo por la playa los cuatro juntos. Caminábamos por la orilla del mar hasta que mi madre se sentía cansada y entonces regresábamos a casa por la merienda.
Por aquella época el hermano de Juan, que seguía en el ejército, se había casado con una chica del pueblo. Habían hecho un ágape para la familia y amigos, antes de que papá y el abuelo se marcharan, al que habíamos asistido. Creo que siempre lo recordaré ya que bailé con Juan toda la noche y me dijo cosas muy bonitas.
Me acuerdo claramente que esa noche, mientras nosotros bailábamos, vi que la abuela nos observaba desde lejos. En aquella oportunidad reconocí en su rostro alegría y dulzura, lo que me hizo pensar que ella esperaba que tarde o temprano Juan se me declarase. Al considerar aquella idea reconocí que, muy dentro mío, yo también deseaba que aquello sucediera.
Desde aquel día comencé a observar el comportamiento de Juan, para ver si él sentía lo mismo. Su forma de actuar era bastante confusa: muchas veces cuando venía a casa me decía cosas hermosas e incluso me había escrito una carta muy dulce para mi santo. Pero otras veces parecía que venía sólo como acompañante de su madre y que no veía la hora de marcharse. Sólo me hablaba para pedir más limonada o bizcochos y para que le diera el sombrero y el saco antes de irse.
Un día, mientras pensaba aquello, mi madre se acercó y me dijo: “si tiene que ser, será”.

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