De Guerra y de Amor – Capítulo XIV


XIV

Comenzamos a disfrutar nuevamente la vida con los hombres en casa. Mamá y la abuela se turnaban y cada día una de ellas se quedaba en casa conmigo. Ellas estaban más tranquilas y relajadas, mi padre y mi abuelo estaban felices de estar en casa nuevamente y yo volví a ser la niña malcriada, ahora constantemente acompañada.
Cuando estaba mi madre preparábamos juntas el almuerzo y luego íbamos a la playa o al parque, según mi capricho, y cuando se quedaba mi abuela dábamos un paseo por el mercado, y más de una vez comprábamos telas, hilos,  botones y hacíamos blusas para las tres y con los retazos, vestiditos para mis muñecas o cintas para el cabello.
Los domingos mamá, la abuela y yo íbamos a misa (papá y el abuelo tenían prohibido hablar de religión frente a mí, así como de política) y, luego del almuerzo, dábamos un paseo, a veces todos juntos, a veces sólo mi padre, mi madre y yo.
El tiempo pasaba mucho más rápido cuando ellos estaban en casa. Desde su regreso habían vuelto a poner la casa en condiciones, reparando aquellas cosas que las mujeres no podíamos y habían aportado su fuerza en el campo, donde los frutos de su esfuerzo no tardarían en verse.

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