De Guerra y de Amor – Capítulo XI


XI
Desde el día en que recibimos aquella carta las horas parecían pasar lentamente. Para mí era divertido, era una especie de juego… pero para mi madre y mi abuela era una historia bastante deprimente que ya estaban hartas de repetir cada tantos meses.
Cada vez que mi madre oía un ruido por la noche saltaba de la cama, encendía la luz y miraba por la ventana. Esperaba unos minutos y, al ver que no habían regresado, volvía a recostarse y hacer de cuenta que dormía.
Cuando se levantaba cada mañana, mi abuela se asomaba a la puerta. Caminaba hasta la cerca exterior, miraba a un lado y a otro y esperaba. Al ver que nadie llegaba, volvía a entrar.
Para  mí todo aquello era más divertido, como ya he dicho. Cuando me quedaba sola en casa prestaba atención a cada ruidito y, cada vez que creía que podían ser ellos, me ocultaba rápidamente, lista para saltar en cualquier momento y llenarlos de besos.
Solía reírme al pensar que al esconderme en vano tantas veces cuando en verdad llegaran iba a creer que era otra falsa alarma e iban a sorprenderme ellos a mí.
Cuando terminaba de ordenar la casa iba al jardín trasero a cuidar mi pequeña huerta (hija de los productos que mamá y la abuela traían del campo). Regaba mis tomates y le quitaba las malezas a la lechuga, esperando tener excelentes ejemplares para cuando ellos llegaran.

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