De Guerra y de Amor – Capítulo VIII


VIII

Aquella misma madrugada la abuela me despertó con un grito “¿Y ahora qué sucede?”, pensé instintivamente, ya que esperaba tener un día de paz. “Siempre pensando cosas malas”, contestó mi conciencia y me pregunté qué día era, quizás algo bueno sucedía y yo lo había olvidado. Aunque difícilmente me olvidaba de los días en que se suponía que algo bueno debía suceder.  Era primero de abril y, por más esfuerzo que hiciera, nada se me ocurría. Así que decidí levantarme y comprobar por mí misma lo que sucedía.
La abuela se había levantado antes del amanecer, como cada día, para regar las plantas, planchar algo de ropa y preparar el desayuno. Acababa de subir súbitamente el volumen de la radio porque, al parecer, acababan de anunciar nada más y nada menos que el fin de la guerra civil.
Mi madre no podía creerlo: – ¿Cómo se ha resuelto, madre?- preguntaba a mi abuela, que no había llegado a escuchar. Finalmente repitieron la noticia: se había firmado la victoria del bando sublevado, quedando como mandatario Franco. “A mí me da lo mismo quién haya ganado”, pensaba yo.
– ¡Cómo va a ponerse tu marido cuando se entere!- dijo mi abuela a mi madre
– ¿Y padre?- contestó mi mamá, haciendo referencia a mi abuelo.
Hubo un rato de silencio y, un poco más tarde, mi abuelo recomenzó la conversación.
– ¿Cómo será la vida en un barco?- decía mi abuela.
– Ya nos han hablado de eso varias veces- respondió con cansancio  mi mamá.
– Sí, pero es que no logro imaginarlo… No recibir periódicos, no escuchar la radio… tener que montar guardias durante la noche.
En ese momento encontré la diferencia entre mi madre y mi abuela. Solía creer que eran prácticamente iguales: dos mujeres, casadas, con hijos, de buen carácter… cuando las veía de ese modo la única diferencia clara era la edad. Ahora descubría que, probablemente por ser mayor, mi abuela tenía mucha menos capacidad de adaptarse a los cambios, solamente se resignaba a vivir lo que le tocaba. Mi madre, en cambio, si bien se quejaba más por las situaciones en las que se veía envuelta, se adaptaba más fácilmente e intentaba ser ella la que manejara el curso de su vida, no su vida la que la manejara a ella.
Al acabar estas reflexiones comencé a preguntarme cómo me compararían mis hijos con mi madre.

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