De Guerra y de Amor – Capítulo V


V

– Siguiente- dijo la señora que entregaba las cajas. Me acerqué, recibí la mía y encontré una botella extra de aceite (más pequeña que la de siempre.)
– ¿Otra botella de aceite?, ¿al fin están mejorando las cosas?
– No señorita, no sabemos cuando será la próxima entrega.
– ¿No será dentro de un mes como siempre?
– Lo dudo.- Fue lo último que logré oírla decir, porque la gente comenzó a quejarse de que la fila no avanzaba y me obligaron a apartarme.
Así tuve que volver a casa: sin saber cómo decirle a mamá que iba a tener que hacer durar las pocas cosas de la caja hasta Dios supiera cuándo..
Dejé la caja a un costado y preparé el almuerzo para cuando mamá y la abuela regresaran del campo.
Ni un minuto después del mediodía llegaron con dos bolsas llenas de vegetales de todo tipo.
– ¿Has conseguido los víveres, mi niña?
– Sí madre.
– ¡Oh, qué alegría!, una pequeña botella de aceite de más.
– Podrás hacer tortillas más seguido- intervino con entusiasmo mi abuela.
– Mientras ellas sonreían y planeaban cómo gastar el aceite yo pensaba cómo decirles que quizás no volveríamos a ver otra botella de aceite en mucho tiempo.
– ¿Cuándo tenemos que volver, Pilar?
– No lo sé, madre.
– ¿Cómo, dijeron?
– No.
– ¿Y no has preguntado?
– Ellos tampoco lo saben…
– ¿Tan mal estamos?- preguntó mi madre al cielo, claramente sin esperar una respuesta. Sin decir más, y completamente seria, comenzó a guardar los víveres en la alacena.
– No te preocupes, el campo está en plena cosecha: ahora mismo no tenemos de qué preocuparnos, y haremos conservas para más adelante- dijo mi abuela a mi madre.
– ¿Con qué vinagre, con qué aceite?, si esto no nos alcanzará para nada.
– Entonces secaremos las cosas al sol como hace mucha gente, y como nosotras mismas hemos hecho tantas veces…
Un silencio de misa volvió a caer sobre la casa y mi abuela, con un dulce gesto, me sugirió que fuera al cuarto. Así hice y decidí que lo mejor sería permanecer allí hasta que la abuela lograra calmar a mi madre.
Me senté en mi cama e intenté bordar un poco. Hacía un tiempo había comenzado a bordar un vestidito para una de mis muñecas preferidas, porque el que tenía ya estaba bastante agujereado.
Mientras yo hacía pequeñas flores blancas en la pechera escuchaba a mi mamá hablar en la cocina:
– ¿Qué será de mi Manuel, madre?
– ¿Crees que a caso yo no pienso en eso?, tu marido es un hombre joven y fuerte, pero tu padre…
– Disculpe- oí decir a mi mamá y supuse que mi abuela se había echado a llorar.
Continué dedicada a mi labor hasta que de repente se oyó un estallido y a mi madre gritar conteniendo una maldición que casi se le escapa por primera vez en mis diez años. Me tapé la boca para no dejar salir el grito reflejo que vino de mi interior y espié por la puerta para ver qué sucedía.
A través de la puerta entreabierta pude ver a mi madre de rodillas en el piso, con un montón de vidrios desparramados alrededor y otro montón de aceite haciendo un charco en el piso. Miré un poco más y descubrí la botella pequeña de aceite sobre la mesa.
– ¿Qué pasó?- me preguntó la abuela al verme parada en la puerta de la cocina
– ¿Recuerdas que hoy nos dieron dos botellas de aceite?
– Sí, una grande y una pequeña- respondió.
– Madre acaba de romper la grande.

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