De Guerra y de Amor – Capítulo IV


IV

¿En qué podía ocupar mi mente camino al pueblo? Canté para mi interior algunas canciones, miré el paisaje y saludé a algunas señoras que recordaba haber visto hablando con mi madre o mi abuela. El viaje era corto, lo largo en cambio era la espera por la caja de víveres.
Mientras esperaba comencé a pensar en Juan. Era un muchacho que solía encontrar cuando iba al mercado del pueblo con mi mamá. Generalmente se unía a nosotras y, mientras caminábamos teníamos todo tipo de conversaciones. Mi madre estaba encantada con él, era un chico atento, sencillo y, al parecer, de buenas costumbres. Vino a almorzar a casa junto a su familia varias veces y bailamos juntos en las verbenas del pueblo otras tantas.
Era una lástima que no nos viéramos tan a menudo desde que la guerra había comenzado. Según contó mi madre, su padre y su hermano mayor fueron al frente de batalla y él quedó solo junto a su madre, a quien debía ayudar con las tareas del campo y la casa.
No pude evitar preguntarme qué sería de Juan en aquella época. Estaba acostumbrada a imaginarme cómo iban cambiando mi padre, e incluso mi abuelo, cuando no los veía por mucho tiempo debido a los viajes… pero Juan era mucho más joven. ¿Estaría más alto?, ¿más gordo?, ¿habría cambiado su voz?
A menudo mi mamá me preguntaba si estaba enamorada de él y yo le contestaba con un “no” rotundo. Pero pensándolo bien, ¿cómo podría saber si estaba verdaderamente enamorada o no?, ¡nunca antes había sentido algo parecido y lo más cerca que había estado del amor eran las radionovelas que escuchaba la abuela y las poesías de los libros de la escuela.
¿Qué sentiría él?, era claro que yo le gustaba, pero él a mí también y eso no quería decir que estuviésemos enamorados ni mucho menos.
Entre tanto yo me preguntaba por qué no podía tenerle cerca. Hablar con él aclararía mucho más mis sentimientos que estos monólogos que yo tenía últimamente. Si nos cruzáramos en el mercado, o él viniera a buscarme para pasear por la playa con nuestras madres, todo sería más fácil. “Otra cosa que la guerra ha arruinado”, me dije a mí misma cuidando que ni una palabra se escapara de mis labios. ¿Qué podrían llegar a hacerme si alguna de aquellas personas me oyera decir tal cosa?

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