De Guerra y de Amor – Capítulo III


III

– Buenos días, madre
– Hola, mi niña
– ¿Cómo durmió, abuela?
– Como pude, esos trabajos en el campo me están rompiendo la espalda… toda la vida los hizo tu abuelo…
Al sentarme a la mesa recordé que era sábado y una reconfortante alegría recorrió mi cuerpo. Esperaba ansiosa el sábado y el domingo toda la semana. El sábado mamá y la abuela trabajaban media jornada, volvían temprano a casa y almorzábamos todas juntas. El domingo, mi día preferido, no se trabajaba: íbamos a misa y a la playa, si el día lo permitía.
– Pilar, luego de desayunar, ve a buscar la caja de víveres al pueblo.
– ¿Qué hacemos con la ropa sucia?- dije como excusa porque en realidad no quería ir.
– La lavas cuando regresas, o la lavo yo.
– Está bien madre, pero ¿por qué no la espero y hacemos juntas el camino?
– Venga, niña, ¿qué te sucede?, ¡no me hagas enfadar!
– Verá, ayer ha venido un hombre
– ¿Un hombre?
– Sí, un hombre que me preguntó si papá estaba en la guerra y luego me dijo que quería hablar con usted y cuando yo le he dicho que no estaba sus ojos se encendieron de una forma…
– ¡Tengamos la fiesta en paz! ¡No más radionovelas para ti!, y en cuanto tu abuela y yo nos marchemos vas derechito al pueblo y esperas los víveres, que los hemos estado echando en falta por mucho tiempo.
– Como usted diga, madre
– Eso quería escuchar. Y alegra esa cara que si el día sigue así de bueno a la tarde damos una caminata por la playa.

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