De Guerra y de Amor – Capítulo II


II

Estaba tan absorta en la monotonía general que no había oído al hombre que llamaba desde la puerta exterior. Al ver su rostro cuando salí, supuse que había estado así un rato considerable.
– ¿Qué sucede, señor?- pregunté desde lejos.
– ¿Tu padre está en la guerra?
– No, está trabajando.
– Tengo noticias para su madre, bella moza
– Ella no está… -en el mismo momento en que dije aquellas palabras noté la más pura perversidad en la mirada de aquel hombre. El mismísimo infierno debía estar ardiendo dentro suyo en aquel momento y yo acababa de darle al lobo perfecta situación para atacar. -… pero sí está mi abuelo, hable con él mejor- y grité fuerte “Abuelo”, mientras corría al interior de la casa, esperando que aquel hijo del demonio se marchara al creerme en compañía de un hombre mayor. Entré a casa y, al ver que no se alejaba quedé inmóvil. Aquel desalmado no había creído mi cuento y seguía firme en su lugar. Entonces recordé algo que solía decirme mi padre: “Que el miedo no te paralice jamás. Siempre queda algo por hacer.” De repente, una idea vino a mí y grité desde adentro: – Está bien, abuelito, yo le aviso.- Espié por la ventana y noté que Satanás me había oído, por lo que me asomé nuevamente y le dije: – dice mi abuelo que en un instante lo atiende, estaba ocupado.
– Está bien, dile que lo espero- regresé al interior de la casa y le rogué a Diocito que me ayudara -eso lo había aprendido de mi madre-. Por nada del mundo iba a bajar los brazos sin haber hecho todo lo que estuviera a mi alcance. Cerré la puerta con llave. En el último minuto entre la mayor desesperación que había sentido jamás y una resignación que comenzaba a asomar, se me ocurrió un último recurso: tomé los zapatos más pesados de mi abuelo, me los puse, y comencé a caminar, luego me asomé por la ventana y dije: -Ya viene, señor.- Me alejé y di algunos pasos más. Esperé. Cuando volví a asomarme Satanás ya estaba caminando hacia el horizonte.
Corrí hacia mi cuarto, me quite los zapatos del abuelo y me senté en la cama abrazada a mi pequeña muñeca de trapo, recordando que cinco minutos atrás creía que jamás volvería a abrazarla.

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