De Guerra y de Amor – Capítulo I


I

Samieira, España – 1939

“No aguantaremos mucho tiempo más aquí.”, “Si las cosas continúan así no sé que será de nosotras.” Y más cosas como esas decía mi madre cuando la idea de marcharnos en verdad tomó carácter de idea.
La guerra civil nos tenía en la pobreza y, lo que era peor, desprotegidas. Con papá y el abuelo trabajando como marineros en casa éramos sólo mujeres que, además de cuidarnos entre nosotras, debíamos subsistir… luchar por sobrevivir. Así, sólo quedaba un camino: mamá y la abuela al campo, todo el día, desde que el gallo cantaba hasta que el sol caía. Sin importar cómo se sintiera una: frío, calor, anginas, temperatura. No recuerdo ocasión alguna en la que una de ellas dejara su labor. Sin importar qué sintieran: tristeza, desolación, angustia… nada de ello era válido para estas mujeres. “Tenemos una niña por la que velar, no podemos bajar los brazos ahora que tenemos una esperanza”, oía decir a mi abuela con frecuencia en los últimos tiempos. Sin poder siquiera mencionar el asunto, yo ya sospechaba de qué esperanza se trataba. No podía soportar la idea: ¿dejarlo todo y simplemente marcharnos?, ¿huir como simples cobardes?, ¿darnos por vencidos como si nosotros lo hubiéramos comenzado todo y no tuviéramos ya fuerzas con las que luchar?… ¡De ninguna manera!, ¡mis padres y mis abuelos trabajaban con el cuerpo, yo solo con el espíritu!, ¿cuál se doblegaría primero?, mi alma seguro que no.

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