La pancita de Don Felipe


Don Felipe no era el viejito del barrio, ni el anciano dueño de un negocio de antigüedades, ni el abuelito de la familia… Don Felipe era nada más ni nada menos que el gatito de la abuela Elena, ¿por qué ese nombre?, era un gran misterio…

Este simpático animalito había acompañado a la señora Elena durante muchos años, había jugado con sus hijos y ahora jugaba con sus nietos cuando iban a visitarla.

Don Felipe era tranquilo, disfrutaba pasar las horas tirado en un rincón de la casa, o a los pies del marido de su dueña mientras él miraba la televisión. Cuando venían los niños se contorsionaba frente a ellos, como pidiendo caricias, y al recibirlas ronroneaba para demostrar cuán feliz era.

La señora Elena y su marido disfrutaban mucho la compañía de este dulce gatito que alegraba sus días con sus travesuras. En una oportunidad Don Felipe, ágil como todos los gatos, había trepado hasta el último estante de la biblioteca más alta de la casa y Julián, uno de los nietos, sin saber que los gatitos son buenos saltarines, había decidido ayudarlo a bajar, temiendo que se lastimara al saltar. Para llevar a cabo el rescate, Julián armó una especie de escalera con todo lo que halló a su paso: un sillón, una silla, una caja de zapatos… Despacito, pero decidido, el niño comenzó a trepar y trepar: primero un piecito, después el otro… ¡Justo llegó la abuela Elena cuando Julián dio un paso en falso y cayó directo a sus brazos!

El matrimonio recordaba mil historias como aquella mientras acariciaba el lomito de su pequeño amigo, sin saber que pronto tendría otra historia que recordar.

Aquella misma madrugada, mientras dormían, la señora Elena escuchó un ruidito bajo su cama. Sin querer despertar a su marido, echó un vistazo, pero no vio nada más que a Don Felipe. Volvió a la cama y, poco después, escuchó un quejido.

– ¡Cariño, despiértate, oigo ruidos bajo la cama!- El pobre ancianito se puso de pie de un salto. Sobresaltado, encendió la luz, se agachó tan rápido como sus articulaciones le permitieron y vio a Don Felipe recostado.

– Sólo es el gato, Elena, volvamos a dormir.

– No, cariño, yo escuché que algo se quejaba o hay algo más, o no se siente bien.

– ¿Tú crees?- dijo el viejito sorprendido, ya que en todos esos años Don Felipe no había enfermado jamás. Con mucho cuidado, hicieron que el gatito saliera y comenzaron a fijarse si algo le dolía.

– En la tele un veterinario hacía esto- dijo la señora Elena, y comenzó a tocar con cuidado un patita y después la otra.- Las patitas no son- agregó.

– ¿Por qué no tocamos con cariño detrás de sus orejitas?, quizás le duelen los oídos-Eso hicieron, pero el gatito no se quejó en absoluto.

– ¿Qué puede estarle sucediendo, cariño?- dijo, entristecida la señora, mientras miraba los ojitos de su mascota, que mostraba dolor.

– ¡Ya sé, vamos a hacer una última prueba!- Luego de decir esto, el hombre apretó suavemente la pancita de Don Felipe. Fue muy delicado y, sin embargo el gatito lloró como nunca antes había hecho.

La señora Elena, que no tenía idea de lo que sucedía en la pancita de Don Felipe, se vistió rápidamente y, junto a su marido, lo pusieron en una cajita de cartón, lo subieron al auto y comenzaron a buscar una veterinaria abierta.

Luego de mucho andar, con Don Felipe quejándose del dolor en el asiento trasero, leyeron un cartel que decía “Veterinaria abierta las 24 horas”. Los tres bajaron del auto, llamaron a la puerta y esperaron a que los hicieran pasar. Rápidamente explicaron todo a la doctora, que los dejó en una sala de espera mientras revisaba al gatito.

El tiempo pasaba y pasaba y no tenían noticias de él, hasta que Elena decidió levantarse de su silla y preguntar qué estaban haciéndole al pobre Don Felipe.

– Todavía no sabemos bien qué tiene, señora, pero logramos calmarle el dolor. Si quiere regrese a su casa y nosotros la llamaremos, tenemos que hacerle estudios antes de poder dar un diagnóstico.

Triste, la señora Elena no pudo hacer otra cosa más que volver a su asiento, ya que se negaba a regresar a su casa sin Don Felipe.

Cuando llegaron, había solo un hombre esperando que su perrita diera a luz, pero con el correr del tiempo comenzó a llegar más gente. Primero, una pequeña niña, de no más de cuatro años con su papá que deseaban comprar un hámster. Más tarde apareció un joven con un cachorrito que debía ser vacunado contra la rabia y, bastante más tarde, una mujer que llevaba un caniche para que le cortaran el pelo. Con todos estos animalitos nuevos, la señora Elena se había distraído bastante, pero aún no había recibido noticias sobre Don Felipe… “¿Qué le habrá pasado a mi gatito?”, pensaba la mujer, mientras su esposo la abrazaba con cariño. “Todo saldrá bien, ya lo verás”, decía.

El tiempo pasaba lentamente hasta que de un momento a otro salió una de las veterinarias con Don Felipe en sus brazos. Al verlo completamente dormido, la señora Elena se asustó, pero pronto todo recibió su explicación.

– Tuvimos que darle anestesia para poder hacerle los estudios, queríamos estar seguros de que no fuera nada grave.

– No entiendo, ¿qué le sucedió entonces? Se quejaba mucho cuando lo encontramos con mi marido.

– La comida le había hecho mal, como suele pasar con las personas cuando comen de más.

Así, la doctora indicó a Elena y su marido los cuidados que debían tener los próximos días con Don Felipe: no darle demasiada comida, darle tanta agua como necesitara y hacerle muchos, pero muchos mimitos. Como este gatito era un gatito suertudo que vivía con personas que se preocupaban por él, no tardó en recuperarse y a los pocos días estaba saltando, corriendo y jugando por los rincones como todo buen gatito suele hacer.

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