De Guerra y de Amor – Capítulo XIX


XIX

Mi amado Manuel:
Sé que te sorprenderá recibir carta, pero te sorprenderá más aún lo que tengo para contarte.
A pesar de que compartamos tan poco tiempo juntos y de que cuando lo hacemos toda nuestra atención se la lleva Pilar, como es natural, el milagro por el que yo tanto recé en secreto, se produjo. Cuando ya nadie lo esperaba, finalmente se produjo.
Sin más, quiero decirte que, luego de haber esperado tantos años, estoy embarazada. Como una tonta creí tener una gripe, pero luego me di cuenta de todo y fue cuando decidí acudir al médico.
Le he contado a mi madre y a la niña. Mi madre cree que soy una irresponsable porque éste no es buen momento, pero yo me inclino más por compartir la alegría y el entusiasmo de Pilar, pues sólo tú sabes cuánto tiempo he deseado traer otra vida al mundo. Ojalá esto hubiera sido años atrás, cuando Pilar era aún pequeña pero, ¿qué importa?, en este momento soy la persona más feliz del mundo.

Saluda a mi padre de parte mía y cuéntale la buena nueva.
Doblemente tuya, Carmen.

De Guerra y de Amor – Capítulo XVIII


XVIII

A los pocos días llegó una carta de mi padre, diciendo que pasarían algunas semanas pescando en Italia y dejaba la dirección de una pensión a donde podíamos escribirle. – ¡Qué buena idea!, escribiré unas líneas para él.- dijo mi madre, emocionada como una niña. – Espera un minuto, cariño, ¿no crees que será un tanto costoso enviar una carta a Italia? – Pero debo contarle cómo estamos… – Estamos todas bien, niña… han sido muy pocas las veces que pudimos responder sus cartas, no va a preocuparse. – Lo sé, madre.- decía mi mamá- pero… – ¿Pero? – Verá, cuando le dije que iba a dar un paseo por el parque… – ¿Anteayer? – Sí… en realidad fui a visitar al doctor Heredia. – Ya lo suponía yo. – ¿En serio?, ¿cómo pudo darse cuenta? – ¿Cómo podría no hacerlo?, ya entenderás el día que tu hija te mienta… porque créeme que lo hará… ¿qué te ha dicho el doctor? – Pilar, ¿puedes venir un momento? – ¿Está enferma, madre?- dije sinceramente preocupada porque en aquel momento no recordaba ni una palabra de lo que había oído algunas noches atrás. – Estoy embarazada de poco más de un mes. – ¡Qué alegría, madre!, tendremos pronto un niño pequeño corriendo por aquí y yo ya no volveré a estar aburrida cuando ustedes vayan al campo.- hice una pausa y me esforcé por dejar de mostrar mi emoción como si fuera una niña.- Ahora comprendo por qué tenía tantos deseos de responder la carta de papá, ¿qué espera?, ¡vaya y escríbala de una vez!- dije, dándole un beso en la frente. Emocionada, abrazó a mi abuela, que se mantenía fría y distante a un costado y luego partió hacia su cuarto para dedicarse a la escritura. Una vez que mi madre se marchó y me quedé a solas con mi abuela ella me dijo que “yo estaba ya grande y debíamos tener una charla seria”. Acerqué una silla a la mesa para ella, tomé otra para mí y la dejé comenzar, al parecer estaba bien segura de lo que me quería decir. Dijo claramente que la situación no estaba para tener otro niño en la familia. No solo por el dinero, que ya era un problema sustancioso, sino porque implicaba que mi madre abandonaría las tareas del campo por cierto tiempo. Cuando intenté ofrecer mi ayuda, ni siquiera me dejó terminar la frase, yo “debía quedarme cuidando de mi mamá”, sentenció rotundamente.

De Guerra y de Amor – Capítulo XVII


XVII
Mismo lugar, 1944

– Vamos madre, la cena ya está lista, siéntese que va a enfriarse.
– No tengo hambre, mi niña.
– ¿Qué pasa esta vez?, siéntese y verá como todo se ve más claro después de mi guisado.
– Vamos a darle una oportunidad… ya que tanto insistes.
La abuela se acercó a la mesa y todas juntas comimos. A pesar de que había preparado mi guisado especial ninguna de las dos parecía muy emocionada y, si bien ya sabía de qué se trataba no sabía si era mejor hablar o no del tema.
Resultaba que mi padre y mi abuelo acababan de marcharse una vez más, el campo estaba pasando por una mala cosecha y mi madre no se sentía bien. Aparentaba no ser más que una gripe de estación pero estaba bastante cansada, por lo que me ofrecí a acompañar a la abuela al campo.
– ¡De ninguna manera!, no dejaré a mi hija sola y no haré a mi nieta trabajar la tierra… Te quedas a cuidar de tu madre. Yo prometo no hacer grandes esfuerzos estando sola.- dijo mi abuela después de cenar.
Ayudé a levantar la mesa y pedí permiso para marcharme a mi cuarto, había ido a hacer unos recados al pueblo en la mañana y sentía que las piernas me pesaban.
Desde mi cama, solía oír las conversaciones de mi madre y mi abuela y así me dormía oyendo sus voces aunque sin prestar atención a las palabras. Excepto aquella noche en la que algo en particular de lo que mi madre decía llamó mi atención.
– Creo que esto no es una gripe, madre.
– ¿Y qué crees tener entonces, cariño?- respondió mi abuela.
– Verá… creo estar embarazada.
Se hizo un silencio y luego comenzaron a hablar en voz baja y por más que quise resistir despierta no pude aguantar y el cansancio me venció.

De Guerra y de Amor – Capítulo XVI


XVI

Cuando para nosotras parecía que solo habíamos pasado unos pocos días con papá y el abuelo, llegaron las cartas anunciando que en poco tiempo ya debían partir nuevamente.
¿Qué podíamos hacer?, iba a ser así por mucho tiempo más, si todo salía bien. Ellos viajando y volviendo, nosotras esperando sus cartas. No teníamos de qué quejarnos: mientras en muchas casas estaban todos mirando el techo por falta de trabajo, los dos hombres de la nuestra tenían uno y traían un sueldo.
Así, los días pasaron rápidamente y cuando volvimos a ver el calendario ya era tiempo de que se marcharan.
Los saludos fueron pronunciados y sin más, papá y el abuelo volvieron a hacer sus maletas y encender la caldera del gran barco en el que trabajaban.
Como de costumbre, prometieron escribir cuando tocaran puerto y traer chocolates (si hallaban alguno no muy costoso).
Al regresar a casa, luego de verlos partir, descubrí que mamá ya había perdido la costumbre de disimular la cara larga.
De este modo pasaron varios años: papá y el abuelo llegaban, pasaban uno o dos meses con nosotras y luego regresaban a la mar. Cuando recién se habían marchado todo estaba perfectamente: teníamos cierto dinero, el campo estaba en perfectas condiciones porque ellos habían labrado la tierra con mayor dureza y podado los árboles más grandes. En casa todo funcionaba bien. Pero luego del primer mes sin ellos las cosas comenzaban a complicarse: el dinero decrecía rápidamente y era muy poco el que nos enviaban. El campo empezaba a necesitar mantenimiento más rudo que el que realizaban mi madre y mi abuela. Y en casa las cosas se deterioraban: la cerca se vencía, las sillas se gastaban… y tanto mi madre como mi abuela eran cada vez más grandes y enfrentaban todo aquello con menos ánimo. Yo creía que lo único que les hacía falta era renovar un poco la situación. Sí, eso era… ¡necesitaban un cambio!, pero lamentablemente yo no veía esperanza de poder brindárselo.

Para querer al hermanito


-¡MAMAAAÁ!- llamó a los gritos Juampi
-¿Qué pasa Juampi?- respondió mamá, dejando de mirar las papas que cortaba para ver el camioncito de bomberos que su hijo mayor tenía en las manos. Y no es que el camión fuera tan grande que no entrara en una sola mano, es que Santi, el hermanito de Juampi, no sabía cómo usarlo y lo había estrellado contra la pared, rompiéndolo en varias partes.
-¿Para qué quiero un camión de bomberos que no tiene vidrios, ni escalera, ni manguera…- y Juampi seguía nombrando todo lo que le faltaba a su camioncito mientras que de sus ojitos empezaban a escaparse lagrimitas.
Mamá agarró el camioncito rojo, lo examinó y decidió que lo mejor sería dárselo a papá cuando volviera del trabajo: él lo repararía con alguna de sus herramientas especiales.
-Ahora acercate a tu hermanito y decile que lo perdonás, él no se dio cuenta, ¿sabés?- dijo mamá.
Pero eso no fue lo que hizo Juampi. Juampi se acercó a la cuna donde mamá había acostado a Santi y, furioso le gritó:
-¡Estoy cansado de que rompas todos mis juguetes! ¡Sos el peor hermano chiquito del mundo! Me cansé, a partir de ahora no sos más mi hermanito, voy a buscar otro mejor.
-¡Juampi! ¿Cómo vas a decirle eso a tu hermano?- dijo mamá enojada, pero no más enojada que Juampi.
-Si total, “él no se dio cuenta, ¿sabés?”- respondió Juampi mientras salía corriendo al patio de atrás -¡Me fui a buscar otro hermanito!- gritaba.
En ese momento Santi se puso a llorar porque, aunque no supiera jugar con un camioncito de bomberos, sí se daba cuenta de que su hermano estaba enojado con él.
Mamá tomó a Santi en brazos, intentando calmarlo, mientras se asomaba por la ventana de la cocina viendo qué hacía Juampi.
Lo primero que vio fue a Juampi hablando con un caracol. Era muy chiquito, de su cabeza salían dos antenitas y se movía muy despacito en la hoja de un malvón. En voz baja, Juampi contaba su historia al caracol, que parecía escucharlo con atención. Cuando terminó su relato, Juampi miró detenidamente al caracol y le dijo: -¿Querés ser mi hermanito?- y se quedó esperando. Como el caracol es un animalito, y los animalitos no hablan, el caracol no dijo ni una sola palabra. -No importa, ¡vas a ser mi hermanito igual!
Entonces Juampi se acercó al pequeño bichito y trató de jugar con él… pero el caracol era demasiado lento y era muy aburrido tratar de hacer algo juntos. -¡Sos peor hermano que Santi!- gritó, y se fue corriendo a la otra punta del patio, en donde encontró una mariposa, muy colorida y simpática, perfecta para jugar.
-Hola mariposa, mi hermanito me rompe los juguetes, ¿querés ser mi nueva hermanita? La mariposa tampoco contestó nada, pero sin embargo Juampi trató de jugar con ella también. Esta vez la mariposa era divertida, pero volaba demasiado rápido y las piernitas del pequeño no hacían a tiempo a correr con tanta velocidad. -¡Sos demasiado divertida para mí, Mariposa!- dijo, desalentado.
Justo en ese instante el gatito de su vecina pasó frente a sus ojos. Era todo blanquito y tenía las orejitas color café. Pero cuando se acercó para contarle su historia, no pudo pasar más de dos minutos a su lado porque comenzó a estornudar sin parar. – Alejate, gatito, me das alergia- dijo Juampi yendo hacia un rincón, creyendo que tendría que jugar solo el resto de su vida… hasta que vio cómo dos pajaritos chiquitos se peleaban por una lombriz, pero a la hora de jugar se dieron cuenta de que era mejor si jugaban juntitos.
-¡Santi, Santi!- gritaba Juampi corriendo camino al cuarto de su hermanito.
La mamá lo siguió en silencio y desde la puerta lo oyó decir: -Disculpame, Santi, sos el mejor hermanito y aunque me rompas todos los juguetes y no me dejes dormir de noche, siempre vas a ser el mejor hermanito, porque… ¡porque sos mi hermanito!

 

Las manchitas de Lulú


Sofi pasaba todas las tardes en la casa de sus abuelitos, hasta que mamá y papá volvieran del trabajo y la llevaran a casa con ellos. Aquel mediodía cuando el abuelo Pepe, con su bastón de madera, la fue a buscar al colegio le advirtió que la abuela tenía una sorpresa para ella. “¡La abue tiene una sorpresa! ¡La abue tiene una sorpresa!”, gritó Sofi todo el camino hasta la casa de sus abuelos. Al llegar encontró a la abuela Susana, gordita y de pelo blanco, con su perra Rita y un montón de perritos a su alrededor. No hizo falta que nadie le explicara nada, Sofi ya sabía que Rita estaba embarazada y en cualquier momento iba a tener cachorritos, pero no esperaba que fuera ese día. No hizo más que ver a los perritos que salió corriendo a jugar con ellos. -Primero dale un besito a tu abuela- dijo la señora. Sofi salió corriendo y dio un gran besote en la mejilla suavecita de la abuelita. -Tenés olor a… a… ¡alfajorcitos!- dijo la niña. -Pero… ¡estos alfajorcitos que no pueden permanecer en secreto hasta la hora de la merienda!- contestó el abuelo moviendo la cabeza de un lado a otro. La niña comenzó a reírse, sabiendo que a la hora de tomar la leche tendría alfajorcitos de chocolate caseros como a ella le gustaba. Pero entonces se dio cuenta de algo: Rita era dálmata y el papá de los perritos también pero los perritos… ¡no tenían manchitas negras! -Eso es porque… -comenzó a decir el abuelo -Dejá que lo descubra solita, Pepe- intervino la mujer -Antes que nada, tenés que saber que solo nos quedaremos con un perrito, los demás los van a venir a buscar de una veterinaria en donde van a cuidarlos mejor- explicó el abuelito -¿Por qué no elegís uno y le ponés nombre?- agregó la abuela -Mmmm… ¡Me gusta esta! Y se va a llamar Lulú… pero ahora déjenme ver cómo le salen las manchitas a los perritos.- Y Sofi se sentó cerca de los perritos a esperar que les salieran las manchitas. Pero como era una nena impaciente pensó que tenía que darle una manito a las manchitas para que aparecieran más rápido. “¿Qué puedo hacer? pensaba Sofi sentadita en el sillón. Entonces se le ocurrió una idea, se acercó a los perritos y agarró a Lulú y empezó a ponerle las manitos por todo el lomito… “¡Seguro que si acaricio el lugar indicado aparecen todas las manchitas!” pero por mucho que Sofi acarició al perrito las manchitas no aparecieron. Siguió pensando en silencio durante el almuerzo hasta que se le ocurrió pedirle a la abuelita sus crayones y hojas de papel después de comer. -¿Vas a hacer un cuadrito?- preguntó la ancianita -No, abue- contestó la nena mientras llevaba las cosas a la mesa. Agarró los papeles y, con ayuda del abuelito, les dio forma de manchitas y los pintó de negro. Con cinta, se prendió las manchitas a su ropita y comenzó a actuar como un perrito frente a Lulú. “¡A ver si las manchitas me ven y se dan cuenta que tienen que salir!” Pero por mucho que Sofi corriera con sus manchitas frente a la perrita, Lulú seguía completamente blanquita. Entonces llegó la hora de tomar la leche y vino la abuela con la bandeja llena de alfajorcitos, pero Sofi estaba muy seria. -¡Abuelito!, ya estoy cansada… ¿Lulú no va a tener nunca manchitas? -Sí, nena… las manchitas van a aparecer cuando Lulú sea más grande- le explicó. -¿De verdad?, ¿y no sirve de nada que me ponga manchitas yo también, o que los acaricie, o que…? -No, princesita… tenés que ser paciente y esperar. Sofi siguió yendo como siempre a la casa de sus abuelitos todos los días. Almorzaba con los abuelitos y después jugaba con Lulú, sin recordar ya de que ella no tenía manchitas aún. Hasta que un día le dijo al abuelito: -Abue, Lulú tiene un lunarcito nuevo en el cuellito, ¿viste? -No Sofi, eso no es un lunarcito… ¡es su primer manchita!- dijo, tomando su bastoncito de madera y acercándose a la perrita, mientras Sofi fue corriendo a contarle la noticia a su abuelita.

 

¡Nueva apariencia!


No dejen de prestarle atención a jazmindora.wordpress.com este fin de semana ya que se viene un cambio de imagen, para completar la serie complementos que se han sumado al sitio esta última semana.

Ahora el blog aparece en las búsquedas de Google,cada entrada se puede calificar  (de 1 a 5 estrellas), y seguir el blog vía e-Mail para mantenernos en contacto. Además de la nueva apariencia que implementaré… porque ¡de vez en cuando es bueno renovarse!

Un abrazo a todos.

Jazmín

De Guerra y de Amor – Capítulo XV


XV

Una tarde, luego del almuerzo, la abuela me llevó al mercado donde, luego de muchísimo tiempo sin verlo, encontré a Juan que se unió a nosotras en el paseo. Comenzamos a charlar los tres, como solíamos hacer años atrás, hasta que la abuela se detuvo a comprar y nosotros continuamos caminando, sin alejarnos demasiado, pero charlando los dos. En ese momento me contó que su padre y su hermano habían regresado de la guerra hacía ya un par de meses. Su padre gozaba de un buen trabajo y su hermano se había enlistado en el ejército porque al parecer había disfrutado el tiempo que pasó haciendo el servicio militar. En mi interior sentía que una persona de bien no podría jamás disfrutar de disparar a otros, pero recordé también lo que el sacerdote había dicho en la misa del domingo: “Debemos siempre respeto a las instituciones…” y además mi madre siempre me decía que no hablara de política con nadie, si tenía alguna duda debía preguntarle a ella y estando en casa. Al recordar todo aquello traté de cambiar de tema pero al levantar la vista vi a mi abuela que caminaba hacia nosotros muy enfadada.
– ¿Qué hacían aquí solos?
– Nada malo, señora.- dijo Juan.
– ¿Solos?, si tú estabas allí…- dije yo.
– No se burlen de mí, y ese no es el comportamiento propio de una señorita, Pilar, ya estás poniéndote grande.- En ese momento noté que la mitad de las personas del mercado me estaba mirando y la otra mitad miraba a Juan.
– Ahora despídanse que regresamos a casa.- agregó, implacable como nunca antes, la abuela.
Al regresar del campo y enterarse de lo sucedido, mi madre se acercó y habló conmigo:
– Tienes que entender que estás dejando de ser una niña y nunca debes hacer cosas que llamen la atención.
– Sólo estaba hablando con Juan.
– Lo sé, pero alejados de tu abuela y la gente estaba comenzando a observar…

De Guerra y de Amor – Capítulo XIV


XIV

Comenzamos a disfrutar nuevamente la vida con los hombres en casa. Mamá y la abuela se turnaban y cada día una de ellas se quedaba en casa conmigo. Ellas estaban más tranquilas y relajadas, mi padre y mi abuelo estaban felices de estar en casa nuevamente y yo volví a ser la niña malcriada, ahora constantemente acompañada.
Cuando estaba mi madre preparábamos juntas el almuerzo y luego íbamos a la playa o al parque, según mi capricho, y cuando se quedaba mi abuela dábamos un paseo por el mercado, y más de una vez comprábamos telas, hilos,  botones y hacíamos blusas para las tres y con los retazos, vestiditos para mis muñecas o cintas para el cabello.
Los domingos mamá, la abuela y yo íbamos a misa (papá y el abuelo tenían prohibido hablar de religión frente a mí, así como de política) y, luego del almuerzo, dábamos un paseo, a veces todos juntos, a veces sólo mi padre, mi madre y yo.
El tiempo pasaba mucho más rápido cuando ellos estaban en casa. Desde su regreso habían vuelto a poner la casa en condiciones, reparando aquellas cosas que las mujeres no podíamos y habían aportado su fuerza en el campo, donde los frutos de su esfuerzo no tardarían en verse.