Coleccionismo de cositas


Era un día como cualquier otro en el colegio: Fabián, Eduardo, Lucas y Gonzalito estaban jugando a las bolitas en el recreo cuando de repente Lucas recordó algo que quería compartir con sus amigos.

– Miren lo que me regaló mi mamá ayer- exclamó con gran emoción mientras sacaba de su mochila el álbum de figuritas de Chulfi, un programa de televisión para niños.- Tengo cinco paquetes de figuras y ya me vinieron tres repetidas, ¿alguien quiere intercambiar?- agregó.

– ¡Yo sí!, tengo muchísimas repetidas- dijo Eduardo, metiendo las manos en sus bolsillos para buscar las figus.

– ¡Qué lástima chicos!, yo tengo el álbum de Gusti- intervino Fabián, que coleccionaba figuritas de su cantante preferido.

Mientras sus compañeritos contaban las monedas para comprarse figuritas, Gonzalito miraba desde lejos. Él no tenía ningún álbum por lo que decidió pedir uno a su mamá en cuanto volviera a casa.

Dicho y hecho, no hizo más que darle un besito de buenas tardes a su mami que ya comenzó a hablar de la maravillosa actividad de sus compañeros. -¿Me podés comprar el álbum de Gusti o de Chulfi, mami?, parece muy divertido buscar y buscar entre los paquetes de figuritas hasta que te toque la que tanto deseas.- Entonces, la mamá de Gonzalito se dio cuenta de que él en realidad lo que quería hacer era coleccionar algo, no importaba qué.

– Pero si no mirás el programa de Chulfi, ni escuchás la música de Gusti, ¿lo querés porque lo tienen los otros chicos?

– No mamita, lo quiero porque me pareció algo divertido con qué jugar…

– Entonces tenés que saber que hay muchísimas cosas que se pueden coleccionar… – y así Gonzalito comenzó a descubrir que mucha gente venía coleccionando cosas hacía muchísimo tiempo, sin que él se diera cuenta.

El abuelo, por ejemplo, coleccionaba monedas antiguas, era miembro de un grupo de personas que hacían lo mismo y cuando Gonzalito comenzó a hacerle preguntas sobre esa gente, el ancianito prometió que un día lo llevaría. La abuelita coleccionaba, desde muy joven, fotos de una actriz que recortaba de los diarios y revistas y luego pegaba en una carpeta que ella misma había hecho.

Al ver aquellas cosas Gonzalito tuvo más y más ganas de coleccionar algo, pero no sabía qué. Cuando le dijo esto a su abuelito, él prometió que juntos descubrirían algo. Comenzaron a buscar en libros: encontraron gente que coleccionaba medallas, estampillas, billetes… Más tarde, fueron a un negocio con un cartel que decía “Coleccionismo y hobbies” y vieron barcos y aviones de madera para armar, que el dueño del negocio aseguró mucha gente coleccionaba. También vieron allí pequeños muñecos que imitaban a personajes de películas, series de televisión o historietas, pero nada de aquello parecía conformar al pequeño.

Al regresar a casa papá decidió probar una vez más y juntos buscaron en internet. Papá pasaba las páginas, mientras Gonzalito estaba sentado en su regazo. Juntos descubrieron que algunas personas coleccionan sacapuntas con formas de edificios o monumentos característicos de cada ciudad (así como el obelisco de Buenos Aires, o el lobo marino de Mar del Plata), otras personas coleccionaban lapiceras, en fin, comprendieron que cada uno colecciona lo que más interesante le parece.

– Tiene que ser algo que despierte tu curiosidad, que te parezca interesante, que haya variedad y, en lo posible, que no sea demasiado caro- dijo papá, a modo de conclusión, luego de juzgar los ejemplos que habían visto, tratando así de encaminar un poco la búsqueda del pequeño.

Aún así ninguna buena idea venía a su mente.

– ¿Puedo coleccionar frutas?, me gustan mucho, no son caras y hay gran variedad: uvas, manzanas, bananas, ciruelas, duraznos, cerezas…. ¡uy!, me va a llevar mucho tiempo coleccionarlas todas.

– No puedes, Gonza, ¡la fruta se echa a perder luego de cierto tiempo!- contestó mamá. Decepcionado, Gonzalito siguió pensando.

– ¡Ya sé!, puedo coleccionar celulares, ¿verdad?, no ocupan mucho espacio, son lindos y hay muchas marcas y modelos… ¡Ufa, pero son muy caros!

– ¡Qué suerte que te diste cuenta a tiempo!- dijo papá. Casi desilusionado por completo, Gonzalo decidió pensar un poquito más.

– ¡Ya lo sé!, puedo coleccionar perritos: son hermosos, suavecitos, me gustan y hay un montón de razas: pitbulls, labradores, caniches, terriers…

– ¿Perritos?, ¿y dónde pensás guardarlos, cariño?- volvió a intervenir la mamá, mientras ponía una pausa a los pensamientos del niño, llamándolo a cenar.

Al día siguiente regresó al colegió, sin haber hallado nada que coleccionar, y todos sus amigos estaban intercambiando figuritas.

– Chicos, ¿podemos jugar a las bolitas?, porque yo no tengo figuritas.

– ¡Por supuesto!, Gonza… ¡Dale, juguemos!- dijeron Lucas, Eduardo y Fabián.

Así el recreo se acabó rápidamente hasta que, mientras guardaba sus bolitas en el bolsillo, descubrió qué era lo que iba a coleccionar.

Sentado en clase y luego resolviendo la tarea, no veía la hora de regresar a su casa para contarle a su mamá la buena noticia.

Finalmente, el esperado momento llegó: – ¡Mirá, mamá!, es la primera de la colección- gritaba Gonzalito mientras le mostraba una bolita que había ganado jugando en el recreo.

De este modo, el pequeño Gonzalo encontró un objeto para coleccionar que muchos otros chicos despreciaban. Mientras los demás tenían tres o cuatro bolitas iguales, él había comenzado a clasificarlas y sólo jugaba con las que tenía repetidas o estaban muy golpeadas. Poco más tarde su colección ya contenía bolitas de todos los tamaños y colores y todos sus amigos querían ir a su casa para verlas.

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Las súper vacaciones de Chanchito y Chicha


Chanchito no era un cerdito como cualquier otro… él quería aventuras. No le alcanzaba con trabajar de doctor por las mañanas, juntarse con sus amigos de la granja por las tardes y cenar con su esposa por las noches. Chanchito estaba completamente aburrido y sentía que todos los días eran muy parecidos entre sí.

Chicha, su esposa, lo despertaba todas las mañanas con un buen desayuno, se despedían con un besote en la trompita y Chanchito emprendía el viaje hacia su consultorio. Allí curaba a loros enfermos, perros con las patitas lastimadas y caballos engripados.

A las tres de la tarde regresaba a la granja, donde Chicha estaba reunida charlando con los demás animales. Pasaban un rato con amigos y luego volvían, tomados de la patita, al chiquero donde disfrutaban las bellotas preparadas por la cerdita.

Chanchito disfrutaba mucho todo aquello, era muy feliz con su mujer, sus amigos y sus compañeros de trabajo pero sin embargo esperaba algo más. Quería aventuras: conocer lugares exóticos, escalar montañas con Chicha, jugar a las escondidas en un bosque y otro montón de cosas divertidas que se le ocurrían cada noche cuando iba a dormir.

No tardó en llegar el verano y Chanchito decidió sorprender a Chicha con unas súper vacaciones muy especiales. Empacaron solo lo necesario: nada de ropa elegante, ni zapatos de fiesta… llevaron cantimploras llenas de agua, muchas bellotas para alimentarse, dos linternas, fósforos para hacer una fogata y su cámara de fotos.

Comenzaron su viaje con una excursión por el bosque. Desde que el primer rayito de sol asomó ellos comenzaron la caminata. Encontraron muchas especies de árboles que no conocían y un montón de nuevos amigos. Se tomaron fotos con Pipa, una ardilla que los ayudó a encontrar el camino correcto, con Pedro, un búho que les señaló un arroyito de donde beber y con Lili, una osa que les dejó pasar la noche en su cueva.

A la mañana siguiente salieron del bosque y se pusieron en marcha hacia la selva. Allí conocieron un clima completamente distinto: hacía mucho más calor y de un momento a otro podía comenzar a llover sin previo aviso. Aquel día necesitaron la ayuda de Mimí, una monita que los llevó hasta un lugar tranquilo donde descansar, de Alejo, un loro que actuó como traductor con los animales que no lograban entender el idioma de Chanchito y Chicha, y Fiona, una serpiente que los protegió de los peligros desconocidos que podían acecharlos.

El último día decidieron conocer el desierto. Los demás animales tenían mucho miedo porque ese no es lugar para dos cerditos, pero ellos tomaron todas las precauciones para poder disfrutar su excursión. Bajo el rayo del sol conocieron a César, un escorpión muy simpátio con el que conversaron un largo rato, a Pepe, un camello que los llevó entre sus jorobas hasta el oasis más cercano, y a Pupo, un camaleón que los acompañó en su camino de regreso.

Al terminarse las vacaciones y regresar a casa Chanchito se sentía muy feliz por todas las aventuras vividas. Se había perdido en un bosque, había cruzado la selva llena de insectos venenosos y había pasado todo un día en el desierto donde no se veía más que arena en el horizonte. Recordando aquellos momentos y viendo las fotografías junto a su esposa se sentía muy feliz, pero no tenía muchas ganas de que terminaran las vacaciones y su vida fuera aburrida otra vez.

Mientras él pensaba esto Chicha se puso de pie, lo miró con dulzura y le dijo:

– ¿Temes que todos los días vuelvan a ser iguales mi amor?

– Claro que sí, Chicha… no quiero que se acaben las aventuras.

– Es que no sabes, pero está comenzando una aventura ¡enooormeee!

– No puede ser si ya se acabaron las vacaciones.

– Pero… ¡vamos a ser papás!

Y así Chanchito se enteró de que dentro de poco tendría cerditos de los que cuidar, con pañales que cambiar y cuentos que contar… haciendo que cada día fuera una nueva aventura.

Chanchito y Chicha

Cerditos Enamorados