¡Príncipe Orejitas al rescate!


Fuente: labrador.reymascotas.com

Esta mamá, como muchas otras mamás, solía llamar “princesita” a Cecilia, la única hija de la familia. “¡Es hora de un baño, princesita!” o “¡Vamos a cenar, princesa Cecilia!” repetía sin cesar a toda hora.

Cecilia, que ya se estaba poniendo grande, a veces se avergonzaba si mamá la llamaba así frente a sus compañeros, sobre todo cuando ellos comenzaban a burlarse. “Princesita Cecilia, ¿podré trepar por sus cabellos?”, decía Pedrito, mientras tiraba de una de sus trencitas. “Princesita Cecilia, ¿cómo es que usted no tiene un príncipe que la rescate cuando esté en peligro y luego pida su mano en matrimonio?”, se reía Micaela. Cecilia, que era una verdadera princesa en sus modales: siempre dulce, templada y que detestaba las discusiones, no respondía nada, sólo hacía lo que papá le había aconsejado: daba la espalda, hacía oídos sordos y se iba a jugar a otra parte con alguien más. Después de todo sabía que en casa tenía un amiguito esperándola con mucho cariño para darle, y que jamás se burlaría de ella. El príncipe Orejitas, un cachorrito de labrador, que daba saltos y agudos ladridos cada vez que ella regresaba del colegio.

Un día como tantos otros, Cecilia volvió a casa muy triste, herida por las bromas molestas de los otros chicos. Saludó a su mamá y fue corriendo al patio trasero porque tenía muchas ganas de pasar un rato a solas.

Estando sola en el jardín, entre árboles y florcitas, una lágrima no tardó en rodar mejilla abajo, recordando los rostros burlones de sus compañeros. Triste y aburrida, comenzó a trepar un árbol muy alto que estaba en medio del patio. Trepó, trepó y trepó muy alto hasta que encontró una ramita cómoda para pasar el rato y decidió quedarse sentada allí. La suave brisa jugaba cos sus rulitos y los pajaritos cantaban una dulce canción que no tardó en llevarla al país de la siesta.

Mientras tanto, mamá estaba preparando la merienda en la cocina. “¡Princesita, ya está tu leche con chocolate!”, llamó. Como Cecilia no respondía, volvió a llamarla una y otra vez, hasta que empezó a asustarse, ¿qué podría haberle pasado a Cecilia?, si estaba jugando en el jardín como siempre. Salió a buscarla, pero no pudo encontrarla por ningún lado: ni en su casita de madera, ni jugando en los maceteros con flores. En ese momento mamá se alegró al escuchar la puerta del frente: era papá que seguramente encontraría a Cecilia en un santiamén y todo estaría bien de nuevo… pero papá tampoco pudo hallarla. Completamente desesperados, decidieron que lo mejor sería llamar a la policía.

Entre tanto, Cecilia despertó pero, al intentar su camino de regreso al suelo, una rama grande cayó, desprendiéndose por completo del árbol y llevándose muchas ramitas finitas que ella necesitaba de apoyo. Asustada, se aferró tan fuerte como pudo a la rama en donde había pasado tanto tiempo sentada, esperando que alguien la encontrara.

Mamá y papá, que estaban en la puerta contándole lo sucedido al policía, no escucharon el ruido de la rama al caer, pero el príncipe Orejitas comenzó a ladrar tan fuerte como podía. Al darse cuenta de que nadie le hacía caso decidió ir él mismo a ver qué pasaba y corrió a toda velocidad hacia la fuente de aquel ruido. Allí descubrió la gran rama en el piso y a Cecilia pidiendo ayuda. Dio dos ladriditos, para calmar a su dueña y, más rápido que antes, regresó con mamá y papá, que al principio no creyeron que fuera algo serio. Pero el príncipe Orejitas comenzó a mordisquear el pantalón de su amo y a ladrar en dirección al jardín. “Creo que está diciendo algo”, dijo papá, y todos lo siguieron hasta el jardín, donde encontraron a Cecilia, que desde que la rama que antes la tapaba se había desprendido podía verse claramente.

Con la ayuda de los policías no tardó en estar otra vez en tierra firme, y luego de agradecerles como hubiera hecho toda buena princesa, abrazó a mamá y a papá y, poco después, le rascó la pancita durante mucho tiempo al príncipe Orejitas que ¡bien merecido lo tenía! Y así aprendió que ella sí tenía un príncipe que la rescataría cuando estuviera en peligro y que, si bien no pediría su mano en matrimonio, compartiría todos los juegos y aventuras con ella.

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