El camino de los pinos


Es una historia complicada, ya la había visto millones de veces en películas, pero jamás creí que pudiera llegar a pasar en la realidad algún día. Yo era un profesor como cualquier otro, aunque mis alumnos no lo creyeran así. Enseñaba en un pueblito de las afueras de Buenos Aires a adolescentes entre 15 y 18 años. Ellos me conocían como el profesor loco, o el “hippie”. Yo sabía que eso era a causa de la forma en que me vestía, con mis viejos jeans y mis zapatillas gastadas. Usaba el cabello algo largo, era profesor de música y tenía una tendencia pacifista natural.
Estaba acostumbrado a tener bastantes alumnos, porque trabajaba en varias escuelas a la vez, pero mi forma de ser me llevaba a tratar de interiorizarme un poco en la vida de cada uno de ellos. Así conocí a Nicolás, era un chico sencillo, lleno de sueños. Vivía solo con su madre, ya que su padre había fallecido años antes de que yo lo conociera, y no tenía hermanos. Siempre me decía que le hubiera gustado tener la posibilidad de tener hermanos pequeños, o algún pariente más pequeño que él, con quien jugar y compartir su tiempo libre, sobre todo cuando era chico porque en esa época aseguraba haberse aburrido bastante. Un día este joven vino bastante inquieto y se acercó rápidamente a mí.
-¿Qué te sucede, muchacho?- pregunté
-Mi novia necesita ayuda para el examen de ingreso a la Facultad y me preguntaría…
-Deja de dar vueltas, ¿quieres que la ayude?
-Eso la tranquilizaría mucho.
-¿Hay algo más de lo que desearas hablar?- pregunté no sólo por cortesía, sino porque en verdad me interesaba por saber qué le sucedía fuera de la escuela.
Entonces comenzó a contarme que su novia pronto ingresaría a la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y que tendría que rendir un examen de ingreso y, sabiendo que yo era también profesor de Filosofía, decidió acudir a mí. Además según él, ella le echaba la culpa de sus nervios a toda esa situación, pero él tenía miedo de que ella fuera a dejarlo, ya que iba a mudarse a la capital y sólo se verían los fines de semana. Traté de tranquilizarlo diciéndole que probablemente si ella le decía que esa era la causa de su malestar tuviera razón, y que por otro lado, no había motivo alguno para creer que el sólo hecho de estar un poco más distanciados pudiera acabar con su relación, si era en verdad fuerte.
Pronto él se encargó de presentarme a la chica y comenzamos a reunirnos en la plaza que estaba frente al colegio. Era verdad, no me hizo falta cruzar palabra con ella para notar que estaba por demás stressada, y además que no le gustaba la idea de estudiar en la plaza. Traté de explicarle que era un lugar tranquilo, donde podíamos distendernos de vez en cuando y no prestarle atención solamente al estudio; pero ella no quiso entender, así que terminé llevándola al barcito que estaba a dos cuadras, donde nunca había nadie y donde ella se sentía más a gusto: con un libro sobre la mesa. Pronto noté que en realidad lo único que hacía era leer mucho, rápido y sin prestar atención, por lo que no necesitaba alguien que le enseñara, sino alguien que la vigilara para que no se distrajera, y definitivamente yo no era la persona adecuada. Comenzó a observar mis viejas zapatillas, y después comenzó a hacerme preguntas sobre mí. Entonces armé un plan: estudiábamos una hora y descansábamos media. Media hora de descanso era demasiado, pero esta chica lo necesitaba. Estaba tan agobiada que lo que en verdad necesitaba hubieran sido unas vacaciones en el Caribe, no entrar a la Facultad, pero eso era algo que yo no podía aconsejarle.
La próxima vez que la vi, llevé conmigo mi guitarra, y traté de convencerla de ir de nuevo al parque. No hubo caso, ella creía que aprendía más encerrada entre cuatro paredes con la cara pegada a un libro, pero de todos modos yo estaba decidido a enseñarle que no es así como se estudia Filosofía. “Filosofía es algo más que libros, tesis, pensadores y razonamientos”, le dije un día, pero ella seguía con la idea de que sólo pasaría su examen si aprendía de memoria cada teoría y cada forma diferente de llegar a la misma conclusión.
No fue hasta que logré convencerla de ir a la plaza cuando todo comenzó, entonces ella se dio cuenta de la verdad, y yo también. Ese día abrimos mil puertas, y deberíamos haber dejado cerradas varias de ellas. Ella entendió qué era en verdad la Filosofía y por primera vez logró comprender a qué se refería Hegel al decir “El sentimiento es la forma inferior que un contenido puede tener; en ella existe lo menos posible.” y probablemente, yo también. En nuestra media hora libre comencé a mostrarle una canción que yo había comenzado a componer y que no sabía cómo continuarla. En ese momento ella se relajó bastante y por primera vez desde que la había conocido la vi sonreír. Entonces fue cuando descubrí cómo terminar la canción y cuando ella volvió la vista otra vez a su libro y se olvidó de mí, yo no pude olvidarme de ella. Tenía el típico carácter rebelde de una adolescente, combinado con la magia de quien no quiere recibir ayuda de nadie y sólo quiere armar su propio destino. Yo ya sabía las formas en que podía acabar, ya había vivido todo eso varios años atrás y, si todo salía bien, en unos años se sentiría satisfecha consigo misma.
Compuse la canción y a la semana siguiente se la mostré. Esa fue la segunda vez que la vi sonreír. Comprobé que su sonrisa era algo sublime, pero ni siquiera pensaba en lo que en verdad me estaba sucediendo, no quería tener que admitirlo. Veía a Nicolás una vez por semana en la escuela, y a ella la veía casi todos los días, ya que habíamos comenzado a reunirnos más seguido al acercarse la fecha del examen. Un día se acercó Nicolás durante el recreo y me dijo:
-¿Podemos hablar?
-Sí, ¿Qué sucede?
-Julieta sigue extraña
-Ya lo sé, pero déjame decirte que creo haber llegado a conocerla bastante bien y son sólo los nervios que siente, una vez que pase el examen probablemente vuelva a ser la de antes.
Entonces comencé a preguntarme cómo sería la Julieta de antes, jamás la había conocido. Y tampoco tendría la posibilidad de conocer a la Julieta que apareciera una vez que hubiera aprobado el examen. Y así fue, unas pocas semanas más y llegó la fecha límite. Pasó su examen y se mudó a la Capital, tal y como lo había previsto Nicolás. Pronto el año terminó y yo dejé de verlo a él también, por lo que perdí toda posibilidad de recibir noticias suyas.
Nunca más supe de ella hasta un día en que finalmente pude comprobar que ella conocía mis sentimientos, y además los correspondía. Ambos estábamos más grandes y muy cambiados: el tiempo había dejado su marca en nosotros. Ella ya no era la adolescente que yo una vez había conocido, ya no usaba uniforme de escuela ni el pelo atado desprolijamente. Probablemente ella dijera lo mismo de mí: yo tampoco usaba mi cabello largo, ni mis jeans y zapatillas viejas. Ese día yo vestía de camisa y corbata y ella un gran vestido blanco. Yo estaba allí porque un amigo me había invitado a ir a la boda de su sobrino, y allí fue donde volví a verla y ella estaba allí porque el sobrino de mi amigo le había propuesto matrimonio.
Todo sucedió mientras ella se estaba tomando fotos cerca del camino y yo estaba del otro lado, alejado de la gente ya que no estaba permitido fumar. Noté que los fotógrafos regresaron al interior del salón y ella se alejó, pidiendo que nadie la siguiera, “en menos de diez minutos regresaré”. Todos ellos obedecieron, pero como yo no estaba entre aquellos hombres no tenía por qué acatar esa orden… y la seguí. Me pregunto qué habrá pensado la gente entonces… Qué habrá pensado Nicolás… porque no fueron precisamente diez minutos los que pasamos en ese bosque de pinos al otro lado del camino. Pero de todos modos regresamos a la fiesta, y luego de aquel día perdí toda posibilidad de recibir noticias suyas.
No supe nada más de su historia. A menudo me preguntaba si sería feliz con Nicolás… Si tendrían hijos juntos… Si alguna vez ella pensaría en mí… Si recordaría lo sucedido aquel día, así como yo lo recordaba al levantarme cada mañana, y antes de quedarme dormido cada noche.
Hasta que un día, veinte años más tarde, lo inesperado sucedió: tocaron la puerta de mi casa y mi sobrino abrió. Allí la figura de una mujer se hizo presente y yo pude ver cómo su rostro hizo un gesto al ver quién abría la puerta, creyendo que era mi hijo. Mi sobrino había oído nuestra historia miles de veces, por lo que no tardó en reconocerla y pronto le dijo “soy el hijo de su hermana, vengo aquí para hacerle compañía durante las tardes”. Entonces abrió la puerta por completo, invitándola a pasar; y pude ver que la acompañaba una joven.
“Ven cariño, te presentaré a un antiguo profesor y buen amigo mío”, dijo Julieta. Esa frase me daba a entender que no podía pronunciar palabra sobre lo que en verdad había sucedido. Yo, que ya tenía entonces sesenta años, y usaba una camisa gastada, pantalones holgados y tenía el pelo bien corto y canoso, presenté a mi sobrino y le conté que jamás me había casado. Ella usaba un vestido largo y sencillo y me contó que aquella, de veinte años, era su única hija. La joven lucía exactamente como Julieta cuando yo la conocí: tenía los ojos soñadores, la actitud impaciente… y usaba zapatillas gastadas y jeans desteñidos.

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