¡Príncipe Orejitas al rescate!


Fuente: labrador.reymascotas.com

Esta mamá, como muchas otras mamás, solía llamar “princesita” a Cecilia, la única hija de la familia. “¡Es hora de un baño, princesita!” o “¡Vamos a cenar, princesa Cecilia!” repetía sin cesar a toda hora.

Cecilia, que ya se estaba poniendo grande, a veces se avergonzaba si mamá la llamaba así frente a sus compañeros, sobre todo cuando ellos comenzaban a burlarse. “Princesita Cecilia, ¿podré trepar por sus cabellos?”, decía Pedrito, mientras tiraba de una de sus trencitas. “Princesita Cecilia, ¿cómo es que usted no tiene un príncipe que la rescate cuando esté en peligro y luego pida su mano en matrimonio?”, se reía Micaela. Cecilia, que era una verdadera princesa en sus modales: siempre dulce, templada y que detestaba las discusiones, no respondía nada, sólo hacía lo que papá le había aconsejado: daba la espalda, hacía oídos sordos y se iba a jugar a otra parte con alguien más. Después de todo sabía que en casa tenía un amiguito esperándola con mucho cariño para darle, y que jamás se burlaría de ella. El príncipe Orejitas, un cachorrito de labrador, que daba saltos y agudos ladridos cada vez que ella regresaba del colegio.

Un día como tantos otros, Cecilia volvió a casa muy triste, herida por las bromas molestas de los otros chicos. Saludó a su mamá y fue corriendo al patio trasero porque tenía muchas ganas de pasar un rato a solas.

Estando sola en el jardín, entre árboles y florcitas, una lágrima no tardó en rodar mejilla abajo, recordando los rostros burlones de sus compañeros. Triste y aburrida, comenzó a trepar un árbol muy alto que estaba en medio del patio. Trepó, trepó y trepó muy alto hasta que encontró una ramita cómoda para pasar el rato y decidió quedarse sentada allí. La suave brisa jugaba cos sus rulitos y los pajaritos cantaban una dulce canción que no tardó en llevarla al país de la siesta.

Mientras tanto, mamá estaba preparando la merienda en la cocina. “¡Princesita, ya está tu leche con chocolate!”, llamó. Como Cecilia no respondía, volvió a llamarla una y otra vez, hasta que empezó a asustarse, ¿qué podría haberle pasado a Cecilia?, si estaba jugando en el jardín como siempre. Salió a buscarla, pero no pudo encontrarla por ningún lado: ni en su casita de madera, ni jugando en los maceteros con flores. En ese momento mamá se alegró al escuchar la puerta del frente: era papá que seguramente encontraría a Cecilia en un santiamén y todo estaría bien de nuevo… pero papá tampoco pudo hallarla. Completamente desesperados, decidieron que lo mejor sería llamar a la policía.

Entre tanto, Cecilia despertó pero, al intentar su camino de regreso al suelo, una rama grande cayó, desprendiéndose por completo del árbol y llevándose muchas ramitas finitas que ella necesitaba de apoyo. Asustada, se aferró tan fuerte como pudo a la rama en donde había pasado tanto tiempo sentada, esperando que alguien la encontrara.

Mamá y papá, que estaban en la puerta contándole lo sucedido al policía, no escucharon el ruido de la rama al caer, pero el príncipe Orejitas comenzó a ladrar tan fuerte como podía. Al darse cuenta de que nadie le hacía caso decidió ir él mismo a ver qué pasaba y corrió a toda velocidad hacia la fuente de aquel ruido. Allí descubrió la gran rama en el piso y a Cecilia pidiendo ayuda. Dio dos ladriditos, para calmar a su dueña y, más rápido que antes, regresó con mamá y papá, que al principio no creyeron que fuera algo serio. Pero el príncipe Orejitas comenzó a mordisquear el pantalón de su amo y a ladrar en dirección al jardín. “Creo que está diciendo algo”, dijo papá, y todos lo siguieron hasta el jardín, donde encontraron a Cecilia, que desde que la rama que antes la tapaba se había desprendido podía verse claramente.

Con la ayuda de los policías no tardó en estar otra vez en tierra firme, y luego de agradecerles como hubiera hecho toda buena princesa, abrazó a mamá y a papá y, poco después, le rascó la pancita durante mucho tiempo al príncipe Orejitas que ¡bien merecido lo tenía! Y así aprendió que ella sí tenía un príncipe que la rescataría cuando estuviera en peligro y que, si bien no pediría su mano en matrimonio, compartiría todos los juegos y aventuras con ella.

Anuncios

MENÚ DEL DÍA: Tortilla de pasto


            Era domingo y, como todos los domingos, papá y los nenes aprovechaban para dormir un ratito más, mientras mami se levantaba tempranito para preparar galletitas para el desayuno y un suculento almuerzo para más tarde porque venían los abuelos y los tíos.

            Papito, Juan y Laura despertaron con el olorcito de las chispitas de chocolate recién salidas del horno y no tardaron en ponerse rápidamente las pantuflas y sentarse a la mesa. Mamá, muy contenta con su obra de arte, puso en medio un gran plato lleno de galletitas tibias, mientras papá servía el té a los pequeños. Se encontraban disfrutando de la charla y el chocolate cuando a papá se le ocurrió preguntar: -¿Y qué vamos a almorzar cuando vengan papá, mamá y mis hermanos?

            – ¡Voy a hacer tortillas!- dijo mamá, sabiendo que la familia enloquecía completamente con aquel plato. -Ya tengo las papas peladas y cortaditas, un rato antes de que lleguen empiezo a freírlas.

            Todos estaban de buen humor pero, con aquella noticia, se alegraron incluso un poco más.

            Llegaron los abuelitos, con gran cantidad de besos y abrazos para Juan y Laura; los tíos, con muchos chistes para que todos rieran durante el almuerzo; y los primos con muchísimas pero muchísimas ganas de jugar después de comer.

            Mamá y papá sirvieron las tortillas y todos disfrutaron un almuerzo en familia. Charlando, riendo y compartiendo dulces recuerdos.

            Al terminar los chicos fueron a jugar al jardín. Juan y sus primos Lucas y Fernando fueron a jugar a la pelota, mientras Laura quiso convencer a su prima Lucía de preparar una tortilla como había hecho su mamá.

            – ¡Vamos a ensuciar mucho y tu mamá se va a poner triste!, hagamos otra cosa mejor… ¡Hay tantas cosas qué hacer…!

            – Pero podemos hacerla en el jardín. ¡Vamos, va a ser divertido!

            – No, no… Yo prefiero alentar a los chicos mientras juegan. Y no estaría mal que nos acompañaras, Laura

            – Está bien, jugá con los chicos, pero yo me quedo aquí preparando tortillitas.

            Lucía fue a ver cómo jugaban los chicos, mientras Laura comenzó a juntar pastito para hacer una tortilla. Agarró gran cantidad, lo mojó con el agua que goteaba del regador, y lo dejó en un platito, diciendo: “ya tengo las papas peladas y cortaditas”. Como guarnición tomó algunas piedritas que había en los rincones y las puso en otro platito. Tomó un cuchillo y un tenedor de su cocinita de juguete y se preparó a comer el menú del día: tortilla de pasto con albóndigas, pero al sentarse a la mesa descubrió que no tenía bebida. Comenzó a mirar a su alrededor y decidió preparar un té como el que su mamá había hecho para el desayuno. Se estiró y arrancó algunas hojitas de un viejo árbol y las sumergió en agua del regador.

Ahora estaba todo listo, la tortilla hecha de todo tipo de pastitos de diferentes partes del jardín: había pastos finitos y largos, algunos pinchudos y otros gorditos y difíciles de arrancar. Las albóndigas, de piedritas de varios colores divertidos, cuidadosamente seleccionadas de los rincones más lindos del jardín. Y té de álamo, que casi tenía olor a té de verdad.

“Ya no falta nada”, dijo y se dispuso a probar el fruto de tanto trabajo.

            Se sentó en la mesita del jardín, puso el plato con la tortilla de pasto y al lado las albóndigas de piedra. No faltaba ningún cubierto y tampoco el té de hojas de álamo. “Primero hay que cortar la tortilla… “decía justo cuando apareció su mamá que, al verla, corrió hasta ella y la tomó en brazos.

            – ¿Qué estabas haciendo, Lau?

            – Iba a probar mi tortilla.

            – Pero estaba hecha de pasto, cariño

            – ¿Y?, vos hacés tortilla de papitas y todos la comemos

            – Sí, pero el pasto te puede hacer mal a la pancita- dijo mientras le hacía cosquillitas en la panza. – Y esas piedritas, ¿qué son?- agregó mamá.

            – ¡Albóndigas deliciosas!

            – ¡Pero te hubieras roto un dientito!

            – No me di cuenta mami, yo sólo quería cocinar como vos- dijo la nena sollozando

            – Ya lo sé Laura, pero tenés que preguntarme antes de hacer algo por primera vez, así aprendés…

            – ¿Tengo que preguntarte antes de hacer algo nuevo?

            – ¡Claro!, así lo hacemos juntas por un tiempo, hasta que aprendas y puedas hacerlo solita… para eso soy tu mami.

            – ¡Mami!

            – ¿Qué?

            – Necesito que cocines conmigo hasta que aprenda y pueda hacerlo solita.

            – ¿Tenés ganas de hacer alfajorcitos para la merienda?

           

            Y así las dos fueron despacito hasta la cocina para que nadie se diera cuenta. A la hora de la merienda papá y el tío se acercaron a Laura y su mami -que estaban charlando porque ya habían terminado los alfajorcitos- y dijeron: -No tenemos nada para acompañar los matecitos, ¿vamos a comprar algo?

            – Jijiji- río bajito Laura

            – ¿Qué pasa mi amor?- preguntó papá.

            Entonces, Laura y mamá destaparon una gran bandeja de alfajorcitos recién horneados. Papá y el tío prepararon el mate y fueron a buscar a Juan, Lucía, Lucas y los abuelitos y todos juntos disfrutaron una tarde de charlas, risas y juegos mientras probaban el último plato del menú oficial del día.

El monito Fulanito


Tomi estaba solo con sus abuelos porque mamá y papá habían salido de viaje el fin de semana. Los abuelitos llegaron a su casa el jueves a la tarde y el viernes a la mañana mamá y papá se despidieron hasta el lunes.
Papá había revisado el auto junto al abuelo y mamá le había mostrado donde estaban las cosas de la casa a la abuela. Papá y el abuelo le pusieron agua, aceite y esas cosas al coche, y mamá y la abuela abrieron el freezer y la alacena, mientras mamá decía que no se hiciera problema por la ropa sucia porque ya había dejado un montón en el lavadero. “El lunes ni bien llegamos la pasamos a buscar, ¡y listo!”. Finalmente los dos se despidieron y Tomi quedó con sus abuelitos. El abuelo Raúl estaba preparado para jugar a mil cosas y la abuela Francisca ya estaba sacando el recetario del bolso para preparar un gran almuerzo.
Los hombres de la casa sobreviviveron a un ataque de indios salvajes, cruzaron cataratas y escalaron montañas con su imaginación, mientras la abuela preparaba una receta secreta en la cocina.
Luego del almuerzo el abuelo tomó una siesta, pero la abuelita Francisca lo relevó en los juegos y así Tomi no se aburrió ni un solo minuto en el día.
A la noche tomó un baño, miró dibujitos en la tele, cenaron y finalmente los abuelitos lo llevaron a la camita. El abuelo le cantó una canción de cuna y la abuela le leyó un cuento hasta que pronto se quedó dormido, cansado por todas las aventuras del día. Pero mientras la abuelita se estaba poniendo el camisón, y el abuelo se lavaba los dientes Tomi sollozó: – ¡Abue, no me puedo dormir!
– ¿Cómo que no te podés dormir, cariñito?, si hace unos pocos minutos tenías los ojitos cerrados y respirabas profundo…
– Sí, me había quedado dormido… – dijo entre llanto- … pero me desperté y me di cuenta de que falta Fulanito y no me puedo volver a dormir sin él.
– ¿Y quién es Fulanito, Tomi?- preguntó el abuelito
– Es mi monito, está viejito, descosido en una orejita, le falta un ojito, pero es mi peluche preferido, ¡y sin él nunca voy a poder volver a dormir!
Los dos ancianitos se miraron y comenzaron a buscar por cada rincón de la casa, tan rápido como sus gastadas articuaciones le permitían.
– No aparece corazón, ¿por qué no abrazás al osito Pepe?
– ¡Porque él no es Fulanito!- dijo Tomi llorando
Muy triste, pasó la noche abrazado a su abuelito hasta que se quedó dormido de tanto llorar. Mientras él dormía los abuelos retomaron la búsqueda, pero todo fue en vano. Buscaron en la cocina, dentro de la heladera, abajo de la mesa… En el living, atrás del sofá, adentro del aparador… En su cuarto, adentro del placard, abajo de la cama… en cucha del perro… pero parecía que el monito Fulanito no iba a aparecer.
Se hizo de día y Tomi parecía no recordar lo sucedido, por lo que ninguno de los abuelitos dijo palabra sobre el asunto.
Otra ve jugaron, corrieron, almorzaron, durmieron la siesta y todas esas cosas que hacen los nenes cuando los abuelitos se quedan con ellos para cuidarlos. Pero se hizo de noche y llegó la hora de irse a dormir…
– Abue, ¿Fulanito no apareció?
– No cariñito- le contestó la abuela mientras Raúl lo abrazaba.
Aquella noche Tomi casi no durmió, creyendo que ya nunca más se dormiría de la manito de su monito ni le contaría sus secretitos…
El domingo pasí lentamente sin Fulanito, pero cuando Tomi, el abuelito Raúl y la abuelita Francisca volvieron a abrir los ojitos ya era lunes por la mañana.
– ¡Vamos a arreglar la casa y ponernos lindos para cuando vuelvan tus papás!- dijo la abuelita.
Tomi desayunó, se vistió y guardó los pocos juguetes que no había guardado la noche anterior.
Estaba cantando una canción con la abuela cuando escuchó el motor del auto de papá. – ¡Llegaron, llegaron!- gritó Tomi.
Mamá y papá saludaron a todos y entonces mamá se acordó que tenía algo especial en el bolso.
– Mami, hace tres noches que no puedo dormir porque perdí a mi monito de peluche. -Y mientras decía esto, papá abrió el bolso y mamá sacó a Fulanito que era tan travieso como su pequeño dueño y, sin que nadie lo notara, había ido a parar a la lavandería junto con la ropa sucia.
Ahora estaba perfumado y de regreso con Tomi para acompañarlo de día en sus aventuras y de noche en sus sueños.

No podía ser amor


Era una tarde como cualquier otra… Sí, no había nada de particular en el atardecer que veía a través del parabrisas de su auto. No había nada de particular en los rostros de la gente que esperaba en la esquina, intentando cruzar la calle.
Había aún pájaros surcando el cielo, a penas nublado, y los últimos rayos del sol se reflejaban en cada uno de los tejados de las casas que pasaban a sus costados.
Llegó a la puerta del hospital, detuvo el motor de su coche y esperó. Encendió el stéreo, pensó en cruzar la calle para comprar un paquete de cigarrillos, pero entonces recordó lo que había prometido a su mujer la noche anterior: dejaría definitivamente de fumar. Subió el volumen de la música y comenzó a desafinar fuerte, para sí distraerse. La canción preferida de su mujer acababa de comenzar, Yesterday de los Beatles. -¿Cuánto faltará para que salga? ¡Ya es la hora!- Se repetía en silencio. Cerró los ojos y siguió cantando y escuchando. Escuchó la puerta del auto abrirse y una suave voz acompañarlo al decir “Why she had to go?, I don’t know…” (¿Por qué ella tuvo que irse?, no lo sé…)
Le dio un beso, puso en marcha el auto nuevamente y la canción terminó.
-¿Cuántos cigarrillos no fumaste hoy, amor?
-Si en la radio hubieran estado pasando una canción de Britney Spears, ya me hubiera comprado un paquete, cariño.
-Pero no lo hiciste.
-No, ¿y tu día cómo estuvo?
-No sé si tan bien como el tuyo. Algo horrible sucedió.
-¿Estás bien?- dijo alarmado, quitando las manos del volante y tomando con una la de su mujer y, con la otra, una de sus piernas.
-Sí, sí… pero llegó una niña que ha tenido un accidente… ella va a salvarse pero iba con sus padres en el auto y ambos murieron.
-¡Ay, pobrecita! ¿Cómo se manejan en esos casos? ¿Avisaron a sus abuelos?
-Hicieron una especie de investigación y resulta que la niña no tiene familia, cuando se recupere quedará en adopción.

Así llegó la noche, entre anécdotas del día, y oraciones por la recuperación de la desafortunada niña.
Pero pronto la joven doctora encontró una ocupación: se encargó de comenzar los trámites para adoptar a la pequeña, ya que sabía que su marido había comenzado a fumar cuando se enteraron que él era estéril. Aquella noticia no había  cambiado para nada la relación de la pareja, pero él seguía sintiéndose culpable por no poder darle hijos a su mujer y hasta entonces nada, ni siquiera el cigarrillo, había logrado calmarlo.

Ella volvía a su casa con una gran sonrisa en su rostro, había llegado el momento de contarle su plan a su marido. Hasta aquel momento había bastado con que ella sola firmara los papeles, pero ahora era necesario que él formara parte de los trámites. De todas formas, algo no salió como se suponía que debía hacerlo… ella estaba demasiado distraída como para prestarle atención al imbécil que cruzó el semáforo en rojo.
No pasaron diez minutos cuando el celular de su marido comenzó a sonar. Ni siquiera se gastó en avisar a su jefe, no lo pensó dos veces y salió corriendo con las llaves del auto en la mano derecha. Llegó al lugar del accidente tan rápido como pudo, pero ya no había nada que hacer… más que los procedimientos de rutina por haber sido un accidente en la vía pública. Como siempre en Argentina, los trámites le llevaron varias horas. Horas escudriñando en el creciente dolor que sentía… pero ahora eso ya había acabado y era hora de volver a casa.
Para todos era noche como cualquier otra. No era de extrañar que los semáforos parpadearan en rojo y amarillo en las calles internas… ni que se vieran perros en las esquinas, con restos de la cena de alguien en la boca. A esa hora no había pájaros surcando el cielo y, si los hubiera habido, él no los hubiera notado. La luna brillaba entre unas pocas nubes, pero él no la veía. Sólo veía las nubes. Pasó por una estación de servicio y sí, decidió bajarse. Recordó lo que ella le hubiera dicho si hubiera estado allí, pero ese era el problema… Ella no estaba allí. Recordó que ella hubiera dicho que lo estaba observando desde el Cielo, pero ese era el problema… Él no creía en Dios.
Compró los cigarrillos y prendió la radio para terminar el camino a casa. “Why she had to go?, I don’t know…” Era el colmo, apagó la radio y el motor del auto. No podía seguir así. No podía quedarse solo en su casa.
Abrió los ojos nuevamente cuando un policía golpeó el vidrio de su ventanilla. Ya era de día y el hombre pensó que había sufrido un infarto. Explicó la situación al pálido caballero y luego partió. Partió hacia el hospital, no quería estar solo… y allí encontró algunos amigos.
Luego de darle los condolencias debidas trataron de distraerlo. Le mostraron las nuevas instalaciones, lo llevaron de un lado a otro… hasta que encontró una mirada… Una mirada que hizo arder su corazón, que desde la tarde anterior se había congelado… No podía ser amor, pero algo era, no había duda alguna. Una enfermera se acercó y le dijo “Esa es la niña que su mujer pensaba adoptar, la del accidente” “¿Niña?”, pensó él. No podía creer que esa fuera la chica de la que había escuchado hablar durante aquel tiempo… él se imaginaba una niña pequeña.
-¿Cuántos años tiene?
-Casi quince.
“Diez años menos que yo” fue lo primero que le vino a la mente. Pero en seguida sacudió su cabeza, tenía que quitarse aquella idea… No podía ser amor.
-¿Y ahora que sucederá con ella?- preguntó
-Puedes adoptarla tú… o conseguir rápidamente alguien que siga con los papeles… sino pasará a la lista de espera nuevamente.
Comenzó a pensar rápidamente. No podía adoptarla, pero sentía que tampoco podía alejarse de ella. Entonces tomó la decisión. Llamó a un compañero de trabajo que sabía hacía años quería adoptar. Le contó la situación, pero ocultó sus sentimientos. No podían ser revelados. No podía ser amor.

¡Quiero ser perrito!


– ¡Mamá!, estoy aburrido ¿qué puedo hacer? – Dibujá – ¡Ya dibujé una vaquita!, decime otra cosa – Pintá con el librito para colorear – ¡Es lo mismo que dibujar pero sin hacer las líneas!, decime otra cosa – ¿Por qué no va a andar en bici al patio? – ¡No tengo ganas de caerme y rasparme los coditos como ayer!, decime otra cosa – ¿Por qué no vas a ver qué está haciendo tu hermano, Fede? – ¡Ya vengo! Y Fede fue corriendo al cuarto de su hermano mayor, a ver qué estaba haciendo, pero muy pronto volvió a la cocina, donde estaba la mamá. – Está haciendo la tarea, mami – Vamos a tener que pensar otra cosa entonces – ¡No!, yo quiero hacer la tarea como mi hermano… ¡Es aburrido ser chiquito!, ¡yo quiero ser grande, mamá! – ¡Ya sé qué podés hacer, Fede!, pensá qué querés ser cuando seas grande… – ¡Tenés razón, mami!- dijo el pequeño, mientras le daba un besito a su mamá y salía corriendo al patio trasero. Allí encontró a sus dos perritos, una perra grande y un perrito chiquitito. Se acercó al chiquitito y empezaron a correr juntos y a jugar por aquí y por allá. – ¡Mamá, mamá! ¡Quiero ser perrito!, ¿me ayudás? – ¿Qué pasa, Fede?- dijo la mamá que estaba ayudando al hermano mayor con la tarea. – ¡Vení, mirá: es muy lindo el perrito Pedrito, yo de grande quiero ser como él! – A ver, mostrame… pero igual vos ya sos un nene, Fede, no podés ser perrito también. Aunque la mamá ya sabía que Fede no podría ser perrito, lo acompañó al patio igual para ver cómo jugaba con Pedrito. – ¿Ves mami qué lindo que es? – Sí Fede pero vos no podés ser perrito… -estaba explicándole su mamá cuando se dio cuenta de que algo le sucedía a la perrita más grande. – Fede, ¿la perra ya estaba así cuando saliste hace un rato? – Sí, mami… me parece que le duele la pancita – No sé Fede qué le duele, pero no se siente bien… levémoslo al veterinario – No mami, mejor dejame que me fije si puedo ayudarlo y si no mejora lo llevamos… ¿Puedo? – Está bien Fede, pero no le des nada raro a ver si le hace peor – ¡No quiero que se sienta peor!- dijo Fede, triste Entonces mamá volvió a entrar y Fede le dio un poquito de agua y muchos mimitos a la perra. Hasta que un rato más tarde creyó haberse dado cuenta de lo que pasaba… – ¡Mamiiiii! ¡Hay que llevar a la perra urgente al doctor de perritos! – ¿Por qué?, ¿le pasó algo?- dijo la mamá – No, pero creo que está embarazada y va a tener perritos La mamá creyó que no podía ser eso porque no se le notaba la barriguita, pero de todas formas subió a la perrita a la camioneta y la llevó al veterinario. – ¡Me parece que tiene la panza llena de perritos!- dijo Fede al veterinario cuando le preguntó por qué la habían llevado. El veterinario dijo que era posible pero que tendría que tener más fanza y se la llevó al consultorio para revisarla. Fede y su mamá estaa esperando afuera, nerviosos y agarrados de las manitos, con miedo de recibir malas noticias. Pero de repente salió el médico con una gran sonrisa diciéndoles que Fede tenía razón y la perrita estaba embarazada pero era tan reciente que los cachorritos eran aún demasiado pequeños como para hincharle la pancita. – Tienen que seguir trayéndola para que la revise, pero se encuentra muy bien… es normal que esté decaída al princio. ¡Buen trabajo pequeño!- dijo dándole la mano a Fede. Volvieron a csa con la perrita y cuando papá volvió del trabajo Fede le contó las aventuras del día. – …¡Y ahora ya sé qué quiero ser cuando sea grande! – ¿Qué Fede? – ¡Doctor de perritos!

El camino de los pinos


Es una historia complicada, ya la había visto millones de veces en películas, pero jamás creí que pudiera llegar a pasar en la realidad algún día. Yo era un profesor como cualquier otro, aunque mis alumnos no lo creyeran así. Enseñaba en un pueblito de las afueras de Buenos Aires a adolescentes entre 15 y 18 años. Ellos me conocían como el profesor loco, o el “hippie”. Yo sabía que eso era a causa de la forma en que me vestía, con mis viejos jeans y mis zapatillas gastadas. Usaba el cabello algo largo, era profesor de música y tenía una tendencia pacifista natural.
Estaba acostumbrado a tener bastantes alumnos, porque trabajaba en varias escuelas a la vez, pero mi forma de ser me llevaba a tratar de interiorizarme un poco en la vida de cada uno de ellos. Así conocí a Nicolás, era un chico sencillo, lleno de sueños. Vivía solo con su madre, ya que su padre había fallecido años antes de que yo lo conociera, y no tenía hermanos. Siempre me decía que le hubiera gustado tener la posibilidad de tener hermanos pequeños, o algún pariente más pequeño que él, con quien jugar y compartir su tiempo libre, sobre todo cuando era chico porque en esa época aseguraba haberse aburrido bastante. Un día este joven vino bastante inquieto y se acercó rápidamente a mí.
-¿Qué te sucede, muchacho?- pregunté
-Mi novia necesita ayuda para el examen de ingreso a la Facultad y me preguntaría…
-Deja de dar vueltas, ¿quieres que la ayude?
-Eso la tranquilizaría mucho.
-¿Hay algo más de lo que desearas hablar?- pregunté no sólo por cortesía, sino porque en verdad me interesaba por saber qué le sucedía fuera de la escuela.
Entonces comenzó a contarme que su novia pronto ingresaría a la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires y que tendría que rendir un examen de ingreso y, sabiendo que yo era también profesor de Filosofía, decidió acudir a mí. Además según él, ella le echaba la culpa de sus nervios a toda esa situación, pero él tenía miedo de que ella fuera a dejarlo, ya que iba a mudarse a la capital y sólo se verían los fines de semana. Traté de tranquilizarlo diciéndole que probablemente si ella le decía que esa era la causa de su malestar tuviera razón, y que por otro lado, no había motivo alguno para creer que el sólo hecho de estar un poco más distanciados pudiera acabar con su relación, si era en verdad fuerte.
Pronto él se encargó de presentarme a la chica y comenzamos a reunirnos en la plaza que estaba frente al colegio. Era verdad, no me hizo falta cruzar palabra con ella para notar que estaba por demás stressada, y además que no le gustaba la idea de estudiar en la plaza. Traté de explicarle que era un lugar tranquilo, donde podíamos distendernos de vez en cuando y no prestarle atención solamente al estudio; pero ella no quiso entender, así que terminé llevándola al barcito que estaba a dos cuadras, donde nunca había nadie y donde ella se sentía más a gusto: con un libro sobre la mesa. Pronto noté que en realidad lo único que hacía era leer mucho, rápido y sin prestar atención, por lo que no necesitaba alguien que le enseñara, sino alguien que la vigilara para que no se distrajera, y definitivamente yo no era la persona adecuada. Comenzó a observar mis viejas zapatillas, y después comenzó a hacerme preguntas sobre mí. Entonces armé un plan: estudiábamos una hora y descansábamos media. Media hora de descanso era demasiado, pero esta chica lo necesitaba. Estaba tan agobiada que lo que en verdad necesitaba hubieran sido unas vacaciones en el Caribe, no entrar a la Facultad, pero eso era algo que yo no podía aconsejarle.
La próxima vez que la vi, llevé conmigo mi guitarra, y traté de convencerla de ir de nuevo al parque. No hubo caso, ella creía que aprendía más encerrada entre cuatro paredes con la cara pegada a un libro, pero de todos modos yo estaba decidido a enseñarle que no es así como se estudia Filosofía. “Filosofía es algo más que libros, tesis, pensadores y razonamientos”, le dije un día, pero ella seguía con la idea de que sólo pasaría su examen si aprendía de memoria cada teoría y cada forma diferente de llegar a la misma conclusión.
No fue hasta que logré convencerla de ir a la plaza cuando todo comenzó, entonces ella se dio cuenta de la verdad, y yo también. Ese día abrimos mil puertas, y deberíamos haber dejado cerradas varias de ellas. Ella entendió qué era en verdad la Filosofía y por primera vez logró comprender a qué se refería Hegel al decir “El sentimiento es la forma inferior que un contenido puede tener; en ella existe lo menos posible.” y probablemente, yo también. En nuestra media hora libre comencé a mostrarle una canción que yo había comenzado a componer y que no sabía cómo continuarla. En ese momento ella se relajó bastante y por primera vez desde que la había conocido la vi sonreír. Entonces fue cuando descubrí cómo terminar la canción y cuando ella volvió la vista otra vez a su libro y se olvidó de mí, yo no pude olvidarme de ella. Tenía el típico carácter rebelde de una adolescente, combinado con la magia de quien no quiere recibir ayuda de nadie y sólo quiere armar su propio destino. Yo ya sabía las formas en que podía acabar, ya había vivido todo eso varios años atrás y, si todo salía bien, en unos años se sentiría satisfecha consigo misma.
Compuse la canción y a la semana siguiente se la mostré. Esa fue la segunda vez que la vi sonreír. Comprobé que su sonrisa era algo sublime, pero ni siquiera pensaba en lo que en verdad me estaba sucediendo, no quería tener que admitirlo. Veía a Nicolás una vez por semana en la escuela, y a ella la veía casi todos los días, ya que habíamos comenzado a reunirnos más seguido al acercarse la fecha del examen. Un día se acercó Nicolás durante el recreo y me dijo:
-¿Podemos hablar?
-Sí, ¿Qué sucede?
-Julieta sigue extraña
-Ya lo sé, pero déjame decirte que creo haber llegado a conocerla bastante bien y son sólo los nervios que siente, una vez que pase el examen probablemente vuelva a ser la de antes.
Entonces comencé a preguntarme cómo sería la Julieta de antes, jamás la había conocido. Y tampoco tendría la posibilidad de conocer a la Julieta que apareciera una vez que hubiera aprobado el examen. Y así fue, unas pocas semanas más y llegó la fecha límite. Pasó su examen y se mudó a la Capital, tal y como lo había previsto Nicolás. Pronto el año terminó y yo dejé de verlo a él también, por lo que perdí toda posibilidad de recibir noticias suyas.
Nunca más supe de ella hasta un día en que finalmente pude comprobar que ella conocía mis sentimientos, y además los correspondía. Ambos estábamos más grandes y muy cambiados: el tiempo había dejado su marca en nosotros. Ella ya no era la adolescente que yo una vez había conocido, ya no usaba uniforme de escuela ni el pelo atado desprolijamente. Probablemente ella dijera lo mismo de mí: yo tampoco usaba mi cabello largo, ni mis jeans y zapatillas viejas. Ese día yo vestía de camisa y corbata y ella un gran vestido blanco. Yo estaba allí porque un amigo me había invitado a ir a la boda de su sobrino, y allí fue donde volví a verla y ella estaba allí porque el sobrino de mi amigo le había propuesto matrimonio.
Todo sucedió mientras ella se estaba tomando fotos cerca del camino y yo estaba del otro lado, alejado de la gente ya que no estaba permitido fumar. Noté que los fotógrafos regresaron al interior del salón y ella se alejó, pidiendo que nadie la siguiera, “en menos de diez minutos regresaré”. Todos ellos obedecieron, pero como yo no estaba entre aquellos hombres no tenía por qué acatar esa orden… y la seguí. Me pregunto qué habrá pensado la gente entonces… Qué habrá pensado Nicolás… porque no fueron precisamente diez minutos los que pasamos en ese bosque de pinos al otro lado del camino. Pero de todos modos regresamos a la fiesta, y luego de aquel día perdí toda posibilidad de recibir noticias suyas.
No supe nada más de su historia. A menudo me preguntaba si sería feliz con Nicolás… Si tendrían hijos juntos… Si alguna vez ella pensaría en mí… Si recordaría lo sucedido aquel día, así como yo lo recordaba al levantarme cada mañana, y antes de quedarme dormido cada noche.
Hasta que un día, veinte años más tarde, lo inesperado sucedió: tocaron la puerta de mi casa y mi sobrino abrió. Allí la figura de una mujer se hizo presente y yo pude ver cómo su rostro hizo un gesto al ver quién abría la puerta, creyendo que era mi hijo. Mi sobrino había oído nuestra historia miles de veces, por lo que no tardó en reconocerla y pronto le dijo “soy el hijo de su hermana, vengo aquí para hacerle compañía durante las tardes”. Entonces abrió la puerta por completo, invitándola a pasar; y pude ver que la acompañaba una joven.
“Ven cariño, te presentaré a un antiguo profesor y buen amigo mío”, dijo Julieta. Esa frase me daba a entender que no podía pronunciar palabra sobre lo que en verdad había sucedido. Yo, que ya tenía entonces sesenta años, y usaba una camisa gastada, pantalones holgados y tenía el pelo bien corto y canoso, presenté a mi sobrino y le conté que jamás me había casado. Ella usaba un vestido largo y sencillo y me contó que aquella, de veinte años, era su única hija. La joven lucía exactamente como Julieta cuando yo la conocí: tenía los ojos soñadores, la actitud impaciente… y usaba zapatillas gastadas y jeans desteñidos.

Conversando en familia


En el colegio me enseñaron que las mascotas no hablan, pero ¡están todos equivocados!

Cuando tenía tres años papá me regaló mi primer perrito: era un labrador chiquitito, chiquitito como yo… tomaba lechita y comía alimento que mamá le compraba especialmente en la veterinaria. Cada dos semanas más o menos venía un cochecito y lo llevaba para que le dieran un buen baño (que falta le hacía) y cuando era necesario le cortaban el pelito y las uñitas para que no se lastimara (ni me lastimara a mí o a mi hermanito). Pero Llorón, mi perrito, empezó a crecer muy rápido. La veterinaria decía que era lo normal, pero para mí mamá se equivocó de alimento y compró uno con multi-vitaminas y súper-cositas que lo hizo crecer re-contra-súper-rápido… y en menos de un año ya era un perrazo grandote que corría por toda la casa con la lengua afuera. Pero ese no fue el único efecto del alimento secreto que compró mamá “por error“. Digo “por error” porque se supone que todo fue sin querer, pero yo me acuerdo perfectamente que mis papás me dijeron “tu perrito va a ser especial” antes de que viniera a casa. Yo pensé que me lo decían para que me pusiera contento, como hacen todos los papás, pero después entendí por qué me lo dijeron… La cosa fue que ese alimento extraño hizo que Llorón empezara a ladrar mucho más rápido que los perritos de mis amigos. Empezó mirándome con cara tristona cuando se escuchaban cohetes y de a poquito empezó a hacer ruiditos suavecitos para hacerse entender… hasta que un día… ¡Sí! ¡Empezó a hablar! Por ahora sólo me dice “guuuau” y “guau- guau” pero a veces también dice “guuuuuuauu” así que estoy seguro de que dentro de poquito ya va a decir mi nombre, como hizo mi hermanito: que empezó diciendo “mamá” y “papá” y ahora ya me dice “nene”, cuando quiere jugar conmigo.

Elegante hizo algo muy parecido, me parece que Mati, mi hermanito, le dio un poquito de la comida de Llorón sin darse cuenta. Elegante es el gatito de Mati, pero como él es chiquito lo cuidamos mamá, papá y yo, que ya somos grandes. Su historia es muy distinta de la de Llorón, porque nadie esperaba que él fuera “especial” como mi perrito. Un día, mi hermanito estaba jugando con Elegante y como es chiquitito y no sabe le puso comidita de Llorón en su platito, y entonces… ¡ELEGANTE EMPEZÓ A HACER “MIIIAAUUU”! Yo creo que dice eso porque debe ser de Francia o de por ahí, ¿viste que ellos hablan raro?, bueno Elegante habla parecido a ellos.

Con Choricito pasó algo parecido… Choricito es el hámster de papá, que vive en una cajita que es su casita, y tiene una ruedita para correr y que no se ponga gordito, y tiene aserrín y esas cosas que se le ponen a los hámsteres en sus casitas. Es un bichito muy feliz y está mega-contento de vivir con una familia tan cariñosa… Fue lo primero que me dijo. Esta vez la culpa fue mía, y se lo dije yo mismo a mamá y a papá, porque soy un chico valiente. Sin darme cuenta dejé abierta la puertita de su casa después de jugar un rato y pasó todo un día corriendo por la casa sin que lo pudiéramos encontrar. Mati no paraba de llorar, mamá decía que eso era algo muy sucio porque podía “hacer caquita por cualquier lado” y papá pidió que lo llamáramos al trabajo para avisarle cuando lo hubiéramos encontrado… pero lo interesante de esta situación es en dónde lo encontramos finalmente… ¡EN EL TACHITO DE LA COMIDA DE LLORÓN! y sí, con ese olorcito tan rico seguro probó un poquito y no pudo parar… y ahora hace “mchh, mchhh” o algo así, como si tirara besitos al aire, algo parecido a lo que hacía Mati antes de empezar a hablar para decirle a mamá que quería su mamadera. Parece que a Choricito le está costando un poquito más que a Llorón y a Elegante pero ya saben como es esto, a unos les lleva más, a otros menos pero todos terminan hablando.

El caso que sí fue diferente fue el de Pepita. Ella es la lorita de mamá, pero ella no comió alimento súper- mega- raro, ni suyo ni de Llorón. ¡Ella empezó a imitarnos! Mamá decía “¡Tomá la sopa o no comés postre!”, y Pepita me miraba y decía “la sopaaa, la sopaaa”… como retándome. Mamá decía “Ordená tu cuarto” y ella me repetía “tu cuaaarto, tu cuaaarto”… Y cada vez aprende y repite más palabritas… y un par de palabrotas también, pero seguro no sabe lo que quieren decir, como pasaba con Mati cuando repetía cosas de la tele.

No hace falta conocernos demasiado para ver que mi familia es extra- archi- preciosa, ¿no les parece?

 

¡Bienvenidos!


Les doy la bienvenida a mi nuevo espacio, donde publicaré mis cuentos y narraciones breves así como aquellas cosas que llamen mi atención y desee compartir con quienes tienen intereses en común.

Sin más, ¡comenten, disfruten y compartan!

Un abrazo,

Jazmín.